Foxtrot

Foxtrot

FoxtrotLas primeras sospechas llegaron con los pomposos movimientos de cámara durante el lacrimógeno primer acto. Éstas se fueron confirmando en el segundo, cuando el giro estilístico trataba de envolver, cual celofán, una buena idea que daba para un cortometraje, pero se estiraba, ahora cual chicle gastado, más allá de lo razonable. Foxtrot, el excesivo largometraje del cineasta israelí Samuel Maoz, es una perfecta metáfora de sí mismo. Una realización artificiosa que sepulta una buena idea. Algo que empieza a convertirse en habitual, y de ello hemos tenido cumplidos ejemplos esta Seminci, en el cine contemporáneo. Directores con todos los medios posibles a su alcance y un apreciable sentido estético —Maoz lo tiene—, pero que naufragan clamorosamente a la hora de contar una historia. Pero vayamos por partes. Un arranque en el que se presiente la tragedia, el drama familiar, las piruetas visuales para acentuar ese dramatismo, lágrimas, autolesiones… El catálogo de típicos tópicos comienza a resultar molesto cuando se descubre la impostura y se produce la ruptura en la narración lineal. Maoz decide entonces, y está en su perfecto derecho, dar un giro estilístico en el segundo acto. Ése en el que se supone que se presenta ante el espectador la película que realmente ha querido hacer. Por desgracia, los planos efectistas se repiten sin justificación alguna, más allá de mostrar —no por este orden— una epatante coreografía, latas de conserva, una camiseta de Moshé Dayán (aparece dos veces en plano, por si alguien se perdió la primera) y una anécdota que sirve, de nuevo, como excusa para un cortometraje. Dos de dos. Ah, sí; por fin le encontramos sentido a la profusión de planos cenitales.

Pero, ¿para ese viaje hacían falta tantas alforjas? La historia parece volver a situarnos en el punto de partida —otra metáfora más— cuando, de pronto (ya estamos en el tercer acto) Maoz decide saltarse los convencionalismos fílmicos y cambiar de lenguaje cinematográfico. A estas alturas de la película ya han transcurrido casi dos horas y todo lo que sabemos de Jonathan Feldman —el alfa y omega del filme— cabe en una caja de zapatos. Pero no contentos con ello, aquí tampoco se nos presenta nada más que un subrayado tras otro de lo que ya habíamos visto con antelación. La vuelta al domicilio familiar de los Feldman se produce con una nueva reiteración de las (burdas) metáforas iniciales. El realizador incluso se permite el lujo de saltarse el raccord en la secuencia del abrazo en la cocina en aras de otra imagen epatante (mano en mano). Una pose impostada que se revela como tal en la coda. Porque sí, hay coda. Tan ramplona como inverosímil y que termina por arrojar una sombra de fraude ante todo lo visto.

Foxtrot fue la cinta con la que se cerró la competición de la Sección Oficial de la 62ª edición de la Seminci. En su pase de prensa, la película suscitó opiniones encontradas, pero hubo una respuesta favorable del público asistente con enérgicos aplausos. Antes del pase se proyectó el cortometraje Firma (Signature), del director japonés Kei Chikaura. Una buena idea resuelta con gusto y una correcta realización, que fue recibida con aplausos.

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