Good Time

Good Time

Good TimeIrritante ejercicio de estilo a cargo de los muy independientes directores Ben y Joshua Safdie, Good Time es la particular Jo, ¡qué noche! de Robert Pattinson. Y que conste que el actor londinense es lo mejor del reparto de esta inverosímil peripecia urbana. Película incómoda por su estilo deliberadamente sucio y sus constantes primerísimos primeros planos, que buscan imbuir al espectador de toda la marginalidad imaginable que los cineastas encapsulan en apenas 100 minutos de metraje. La película no es más que una episódica yuxtaposición de situaciones a medio camino entre lo absurdo y lo quinqui, por medio de las cuáles vamos conociendo el tipo de persona que es este Connie NIkas que Pattinson borda. Su carácter manipulador queda perfectamente reflejado en la relación que mantiene con su novia Corey (Jennifer Jason Leigh) y la adolescente Crystal (Taliah Webster); a quienes, a medida que avanza la acción,  se suma una nutrida galería de lo mejor de cada casa: matones, traficantes… En el reparto, los hermanos Safdie repiten con Ron ‘Necro’ Braunstein y Buddy Duress; dos de los actores de su anterior —y también muy quinqui— filme, Heaven Knows What. Por desgracia, su segunda incursión en el largo tras varios cortos y documentales deja de tener interés a partir de la primera media hora. Un arranque en el que cobra especial protagonismo el otro hermano Nikas, Nick (Ben Safdie). Los motivos que llevan a Connie a cometer un error detrás de otro en la noche de marras sólo son comprensibles desde una óptica tan distorsionada como la realidad que creen vivir los alucinados camellos de poca monta con los que el joven termina cruzándose. Una nueva excusa, esta vez en forma de botella de Sprite, para precipitar la historia hacia el evidente final.

Quizá lo más molesto del filme sea el enfoque que los directores eligen a la hora de mostrar este catálogo de inadaptados sociales ante el espectador. Elegir a personas con discapacidad (real o figurada) tanto en el arranque como en el cierre de la cinta para sugerir un toque poético dentro de la marginalidad existente es más un truco barato y manipulador que una decisión arriesgada por parte de los cineastas, cuya carrera parece haberse estancado tras aquel interesante documental de 2013 sobre la figura del fracasado jugador de baloncesto Lenny Cooke.