Wonder

WonderUno de los criterios que más influye a la hora de que una película te pueda gustar (o no) es la predisposición con la que acudes a verla. Dicho esto; he de confesar que cuando un filme reúne a Julia Roberts y Jacob Tremblay en el reparto sospecho que me va a gustar, pero si además están dirigidos por Stephen Chbosky (Las ventajas de ser un marginado), la cosa se pone seria de verdad. El caso es que Wonder no sólo me ha gustado (mucho) por estos motivos, sino que lo que verdaderamente atrapa de esta película es su habilidad para que cada uno de nosotros, incautos espectadores, nos veamos en algún momento del metraje reflejados en ella. Justo al contrario de lo que sucede con la cámara que Chbosky sitúa un par de veces de manera astuta para mostrarnos al pequeño Auggie avanzar por el pasillo de su escuela enfundado en un traje espacial. Es imposible no sentirse dentro de esa escafandra. La soberbia planificación de estas secuencias —por su simplicidad— consigue que el espectador se zambulla en una historia amable, pero repleta de espinosos recovecos. El cine de coming-of-age, es decir: las películas que muestran el crecimiento personal y moral de los protagonistas, no suele tener muy buena prensa. Cintas sensibleras, ñoñas, que apelan a la lágrima fácil y se terminan olvidando con la misma facilidad con la que se arroja el clínex a la papelera.

Salvo con Wonder. Nada más lejos de la realidad, al tiempo que uno no puede por menos que sentirse cada minuto más pegado a sus propias vivencias. La hábil estructura del relato fílmico, apoyada en la base literaria La lección de August, escrita por Raquel J. Palacio, confiere al filme un carácter episódico que se expande a través de los personajes adolescentes. La decisión sirve para enriquecer la narración desde diversos puntos de vista y, al tiempo, permite al espectador conocer más en profundidad a una compleja galería de seres interconectados por un protagonista absoluto: Auggie, un niño afectado por el síndrome de Treacher Collins. Afirmar que todos somos ese niño sería simplificar en exceso un relato impecable sobre lo que supone crecer en la sociedad actual, pero lo que sí se puede afirmar sin riesgo a equivocarse es que todos y cada uno de nosotros encontraremos algo nuestro en estos personajes. Desde sus padres, Nate e Isabel; su bermana, Via; a sus amigos, Jack Will, Summer y Miranda.

Wonder es una película que mira de frente y sin miedo a un buen puñado de los males de nuestra sociedad. Y lo hace sin pretender aleccionar, sino desde una perspectiva didáctica y lúdica. Asimismo es, sin duda, uno de las mejores campañas de promoción del universo Star Wars que uno se puede echar a la cara. Sí, aquí hay muchas metáforas faciales y no es por casualidad. Sería genial que Wonder se proyectase en colegios. Pero no sólo a los niños, sino también a sus padres. De nada sirve decir que lo ideal sería que no fuera necesario escribir libros así o hacer este tipo de películas, porque siempre lo es. Siempre es necesario mirar a los demás con compasión. Ojo, no hablo de ese tipo de compasión lastimera, sino desde el respeto y la comprensión. Desde ese saber ponerse en la piel de otro y comprender que todos libramos una batalla diaria.

Más allá de las justificaciones morales que hacen de Wonder una película altamente recomendable es imposible obviar sus cualidades cinematográficas. Julia Roberts (Isabel) está espléndida. Con una economía de gestos y una intuición deliciosas. Es imposible apartar la vista de ella en cada plano. La pareja que forma con Owen Wilson (Nate) posee una innegable fuerza en pantalla y, por momentos, casi todo lo que ocurre en el domicilio de los Pullman es perfectamente verosímil. Jacob Tremblay (Auggie) vuelve a demostrar que, pese a su corta edad, es un actor —o lo será— muy a tener en cuenta y que no decepciona. Como ya demostró en la durísima La habitación. Sin embargo, la guinda del pastel se la lleva Izabela Vidovic (Via). Su personaje de hermana mayor de Auggie es el que se explora con mayor detalle y cuidado. Suyo también es el momento más lacrimógeno de un filme que quizá abuse de la banda sonora efectista (obra de Marcelo Zarvos).

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