Molly’s Game

Molly's GameHay quien piensa que estamos hechos de recuerdos mientras que para otros, en cambio, son los errores que cometemos los que moldean nuestro carácter. Dentro de este segundo grupo encaja la visión que aporta en su debut tras las cámaras el reputado guionista Aaron Sorkin. Molly’s Game es la constatación de cómo Sorkin es capaz de hacer suya una historia ajena (autobiográfica) y, al tiempo, convertirla en el retrato de una era. Anfetamínica biopic, la historia de la precoz deportista Molly Bloom, reconvertida en dama del póquer clandestino, le sirve además a Jessica Chastain para regalarnos la mejor —y muy oscarizable— interpretación de su carrera hasta la fecha. Vulnerable y dura al tiempo, su actuación condensa tal cantidad de matices, que su sola presencia en pantalla ya da sentido al filme. Ella junto a un acertado reparto en el que destacan Idris Elba y Kevin Costner se erige en la absoluta protagonista de una historia que en lo cinematográfico recuerda al mejor Scorsese y en lo narrativo, Sorkin conserva toda su impronta. Ya desde su vibrante arranque, el espectador sabe que se encuentra ante una cinta poco común en el cine actual. Con un soberbio montaje, Sorkin es capaz de resumir —de manera deliberadamente tramposa— la infancia y juventud de su protagonista, al tiempo que se gana la complicidad del público. Jugando así, con las cartas marcadas desde el inicio, la narración puede avanzar de forma vertiginosa, adentrándonos en el oscuro mundo de las partidas de póquer clandestinas para ricos. Actores, directores, tiburones de las finanzas… Toda una galería de personajes que ejemplifican una época (los 90) y un estilo de vida (el sueño americano). Es en el despertar de esta pesadilla donde se cruzan los caminos de la pareja protagonista (Chastain y Elba) y donde la acción —punteada por el solvente score de Daniel Pemberton— avanza a partir de los sucesivos duelos interpretativos entre ambos. Sorkin es capaz de equilibrar en su película las ya tradicionales andanadas verborreicas con flashbacks y secuencias de millonarias partidas de cartas. Incluso en un momento del filme —el más Scorsese de todos— ilustra en pantalla de forma lúdica la resolución de una partida de manera realmente brillante. Más allá de las concomitancias de esta película con Casino, el referente más cercano de la filmografía del maestro de Queens, Sorkin evidencia un estilo propio a la hora de mostrarnos la historia que quiere contar.

En su hiperbólica estructura circular, Molly’s Game se reduce a una historia de personajes cuyas motivaciones huyen del esquema simplista que caracteriza este tipo de producciones. Es en esa escala de grises donde Sorkin se muestra más cómodo, al igual que sus personajes. Jessica Chastain se come la cámara en cada plano; Elba no sólo irradia su tradicional magnetismo, sino que convierte su papel del abogado Charlie Jaffey en el catalizador de todas las dudas que asaltan al espectador una vez que se han repartido las cartas sobre la mesa. El resto de secundarios brilla de igual manera. Michael Cera, Kevin Costner, Chris O’Dowd, Jeremy Strong, Bill Camp y Graham Greene componen una galería de personajes que trascienden su propósito narrativo y logran dejar su huella en un filme que es mucho más que un vehículo de lucimiento personal para Chastain. Aunque sea ella quien, pese a ver cómo se desmorona su castillo de naipes, acabe ganando la partida por la mano a todo el resto del reparto masculino.

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