La forma del agua

The Shape of Water

The Shape of WaterYa desde la soberbia secuencia inicial uno sabe que no está ante una película corriente. La forma del agua es un filme excepcional en muchos aspectos, pero quizá el más relevante sea su capacidad para emocionar al espectador. Lúcida fábula atemporal ambientada en la Guerra Fría, la décima película de Guillermo del Toro es sin lugar a dudas la más redonda de su prolífica carrera como escritor y cineasta. Del Toro consigue, con la complicidad de una soberbia Sally Hawkins, hacer magia en los primeros quince minutos de película. La presentación de Elisa, la protagonista absoluta del filme, es digna de estudio en las escuelas de cine. Alejado de manierismos e imposturas, Del Toro recurre a la cotidianidad de su protagonista para embarcar al espectador en un viaje por la memoria, que recorre las propias pasiones del cineasta. Haciendo bueno el aforismo de Rilke: «La verdadera patria del hombre es la infancia», el cineasta mexicano —junto a la guionista Vanessa Taylor— compone una deliciosa galería de personajes que es digna heredera del cine clásico. Aunque su propuesta va mucho más allá, la cortedad de miras de algunos hará que sólo quieran ver en esta película un pastiche entre La mujer y el monstruo y Amélie. Ellos se lo pierden. La poesía visual que destila la película de Del Toro es sencillamente maravillosa. Las interpretaciones de la ya mencionada Hawkins junto a sus ‘cómplices’ Richard Jenkins (Giles), Octavia Spencer (Zelda) y Michael Stuhlbarg (Hoffstetler) son inolvidables. Capítulo aparte merece esa fuerza de la naturaleza llamada Michael Shannon (Strickland), el verdadero monstruo de este violento cuento de hadas con tintes políticos y (muy) sexuales.

Para ello, Del Toro (Guadalajara, México, 1964) recurre a esos vínculos invisibles que nos atan con nuestro yo más puro: la infancia. Resulta fácil comprender el porqué de sus continuos homenajes en esta cinta al cine, la televisión y la música de principios de los 60. El despertar sensorial y afectivo, las pasiones, las pulsiones… Esa subversiva libertad que encarna Elisa choca frontalmente con el miedo y la repulsa que provoca el institucionalizado y represivo Strickland. Es en esta lucha de contrarios donde la película se muestra quizá más predecible, en contraposición a los barrocos precedentes del mexicano en el cine fantástico. Se agradece esta nueva mirada más reposada y lúbrica de Del Toro sobre temas tan universales como son la identidad sexual, la tolerancia y la xenofobia, envueltos bajo el manto del drama romántico con apariencia de thriller político de época. Porque La forma del agua es todo esto a la vez y, al tiempo, ninguno de los epítetos que usemos para definirla alcanzarán a condensar su poderoso mensaje.

Exquisita puesta en escena con especial atención al uso del color —Del Toro repite una vez más con el director de fotografía danés Dan Laustsen— y la banda sonora de ensueño que nos regala Alexandre Desplat para resaltar esa atmósfera onírica que envuelve toda la cinta ya desde sus créditos iniciales hasta el redondo final.

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