La última bandera

Last Flag FlyingQuizá al espectador ocasional le pueda extrañar ver el nombre de Richard Linklater detrás de un proyecto tan, en apariencia, convencional como La última bandera —improbable traducción de Last Flag Flying—. Un drama bélico con pinceladas de humor grueso y una indisimulada carga política jalonado por un envidiable reparto: Steve Carell (Doc), Bryan Cranston (Sal) y Laurence Fishburne (Mueller),. Ambientada en 2003 y con Linklater no sólo ejerciendo de director, sino también de coguionista —junto al escritor Darryl Ponicsan—, la película se sitúa en el cada vez más próspero nicho de la dramedy (comedia dramática). Road movie con dos partes muy diferenciadas y que se disfruta mucho más en su segundo tercio —tras un denso arranque—, su mayor logro reside en la química que destila el trío protagonista. La secuencia del tren en la que Doc, Sal y Mueller le explican el significado de ‘Disneyland’ al soldado Washington (J. Quinton Johnson) es antológica. Máxime al descubrir los recovecos de gran parte de las revelaciones que estos veteranos de Vietnam diseminan a lo largo del metraje. El horror de la guerra abordado desde diversas perspectivas y sus consecuencias llevadas al extremo, pero sin recurrir a efectismos. Aquí radica el mayor mérito de una película con la que se corre el riesgo de no empatizar al abordar un asunto tremendamente yanqui. Aunque quizá cada día, aunque no por idénticos motivos, comprendamos más ese patriotismo exacerbado, simbolizado en la ondeante bandera que jalona sus porches (o nuestros balcones).

Secuela inconfesa de El último deber (1973), dirigida por Hal Ashby e igualmente basada en una novela de Ponicsan; La última bandera establece no pocos paralelismos entre la guerra de Iraq y la de Vietnam. La propia génesis del filme es todo un alegato antibelicista, al igual que lo son las reflexiones del trío protagonista una vez que cada uno de ellos logra despojarse de la coraza protectora (alcohol, familia, fe) que les ha permitido sobrevivir al trauma bélico. En paralelo a la narración, las imágenes de la captura de Sadam Hussein sirven de recordatorio constante del horror de la guerra. A destacar, una vez más, lo gran actor que es Steve Carell. Tan dotado para la comedia como para este drama contenido y repleto de matices como lo demuestra en su interpretación de Doc. Él es el más beneficiado dentro de un reparto solvente y que apuesta por las secuencias corales en las que brilla la complicidad entre el trío protagonista. Y por último, la música. Una constante en la filmografía de Linklater a la hora de ambientar sus películas. En este caso, al convencional score de Graham Reynolds (colaborador habitual del realizador) se le suma un buen puñado de canciones que cumplen su propósito a la perfección.  Por la banda sonora desfilan nombres como los de Bob Dylan (Not Dark Yet), Neil Young (Old Man) y el desaparecido Levon Helm (Wide River to Cross) a los que se suma incluso Eminem (Without Me).

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