Lady Bird

Lady Bird

Lady BirdActa de defunción de la edad de la inocencia, Lady Bird es una inteligente reflexión repleta de grandes interpretaciones, sin caer en lo pretencioso. La segunda incursión en la dirección —tras Noches y fines de semana (2008)— de la actriz y guionista Greta Gerwig (Frances Ha, Mistress America) evidencia un cuidado exquisito por la definición de los personajes (secundarios incluidos) y una admirable capacidad para condensar en una aparente película sobre la vorágine adolescente asuntos mucho más relevantes. Epítome del renacer de un país desnortado tras verse violentamente sacudido por los atentados del 11-S, la adolescente que da título al filme es un prodigio de composición a cargo de la siempre efectiva Saoirse Ronan (Hanna, Brooklyn). Alter ego confeso de la directora, Ronan simboliza a la perfección la rebeldía y el inconformismo adolescente, pero también esa pureza virginal ajena a los desengaños. Como no podía ser de otro modo, estos se irán sucediendo, al igual que lo harán un buen puñado de revelaciones que sirven para que el espectador se encariñe con la concurrida galería de secundarios (Lucas Hedges, Tracy Letts, Beanie Feldstein, Timothée Chalamet) que Gerwig hace desfilar en pantalla. Sobre todos ellos se erige Laurie Metcalf (Marion), quien interpreta a la madre de nuestra protagonista y sobre quien, en último término, gira el filme.

El toma y daca constante entre madre e hija es un espléndido ejercicio actoral que logra ganarse al espectador para su causa desde el mismo arranque de la película. El coming of age de Lady Bird —nombre por el que nuestra protagonista prefiere ser llamada— lo es asimismo para una audiencia que asistirá a los rigores de la crisis económica sobre una familia estadounidense cualquiera (los McPherson), al angustioso despertar (homo)sexual, los estragos de los trastornos mentales y a la génesis de ese término tan manido —y practicado— a nivel global llamado: el postureo. Todo ello repleto de inteligencia, sensibilidad y dotado de una mirada limpia y fresca dentro del cine norteamericano. Esto es especialmente notorio en la secuencia final del filme, que por sí sola justifica la película y consigue que nos embargue una melancólica tristeza.

Al sobresaliente tono general del filme le acompaña la solvente fotografía de Sam Levy, colaborador habitual de Noah Baumbach (pareja de Gerwig) y una competente banda sonora de Jon Brion (Magnolia, ¡Olvídate de mí!), que se entremezcla con canciones que contribuyen a situar al espectador tanto en una época como en un instante emotivo determinado. La carrera comercial de la película se verá sin duda impulsada por las cinco candidaturas a los Oscar©, a saber: Mejor Película, Director(a), Guion Original, Actriz Principal y Secundaria.

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