Los archivos del Pentágono (The Post)

The PostDeslucido e impersonal alegato pseudofeminista en favor de la libertad de prensa, Los archivos del Pentágono supone el regreso de Steven Spielberg tras sus últimos traspiés en taquilla. Acusado de oportunista —la película es una merecida bofetada a la administración Trump— y embarcado en el ritmo frenético —muy a lo Clint Eastwood— de rodar dos películas por año, el otrora innegable pulso narrativo de Spielberg apenas se intuye en el segundo tercio del filme. Y ese mérito quizá sea, en último término, más achacable al trabajo de edición de Sarah Broshar y Michael Kahn. Pero vayamos por partes. La película es una necesaria reivindicación del periodismo como insobornable salvaguarda del derecho a la información de la ciudadanía, aunque al tiempo no escatima en reproches hacia los empresarios que comandan dichas cabeceras y sus vínculos con el poder. Los ejemplos del New York Times y el Washington Post no sólo entronizan al reportero de raza, sino que ejemplifican la lucha del Cuarto Poder por preservar sus sustento constitucional: la Primera Enmienda.

Dicho esto, el resto del filme es una desganada sucesión de acontecimientos históricos que discurren en paralelo con la presentación de los personajes principales. Sobre una amplia nómina de actores (Bruce Greenwood, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Sarah Paulson, Matthew Rhys, Alison Brie, Carrie Coon, Jesse Plemons, Bradley Whitford, David Cross, Michael Stuhlbarg) se erige la pareja protagonista: Meryl Streep y Tom Hanks. Dos solventes estrellas que, sin embargo, aquí no dejan de ser ellos mismos. Esto es mucho más acusado en el caso de Hanks, quien debe enfrentarse a la ardua tarea de meterse en la piel de una figura tan reconocible como la de Ben Bradlee. Gestos forzados, andares muy marcados, impostada voz ronca de fumador… que terminan por dinamitar su interpretación. Por contra, Meryl Streep —verdadera protagonista del filme— recurre a su habitual catálogo de recursos interpretativos, pero por desgracia sobreactúa en exceso. Esto es particularmente evidente en el tramo final, donde se muestra la evolución de su personaje (Kay Graham). Asimismo, Spielberg recurre a un marcado tono melodramático en este último acto, que desentona con lo visto hasta ese momento. La (improbable) secuencia de la conversación telefónica es mucho más efectista que efectiva, toda vez que banaliza la verdadera razón de ser de esta película.

Los puntos fuertes del filme están en sus secundarios (Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bruce Greenwood, Carrie Coon) y en el ritmo frenético con que se muestra la labor periodística. Cuando la cámara recorre la redacción, las linotipias y la imprenta estamos ante otra película. Vibrante, enérgica, apasionada. Una lástima desaprovechar casi la mitad del metraje en despachos, consejos de dirección y restaurantes para subrayar una y otra vez el papel secundario de la mujer. Magnífica fotografía de Janusz Kaminski, al igual que la banda sonora de John Williams, que eleva el relato periodístico. Pese a estar escrito a cuatro manos (Liz Hannah, Josh Singer), el guion del filme peca de convencional y, como el propio director se empeña en reafirmar, recuerda en exceso a uno de sus principales precedentes fílmicos: Todos los hombres del presidente.

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