Yo, Tonya

I, TonyaEn ocasiones, la realidad supera a la ficción. Esto es harto evidente en el caso de Yo, Tonya, biopic de la patinadora norteamericana que saltó (bromas aparte) a la opinión pública a principios de la década de los 90 y no precisamente por ser la primera mujer en ejecutar un triple axel en una competición. La película de Craig Gillespie (Lars y una chica de verdad, La hora decisiva) recoge el ascenso y caída de este fugaz mito del deporte profesional yanqui centrándose en su aparente rivalidad con la también patinadora Nancy Kerrigan y el escándalo (extra)deportivo que siguió después. Narrada a medio camino entre el documental y la comedia de situación, la película trata de recomponer las piezas del puzzle, aunque a medida que avanza el metraje uno descubre que en lugar de desentrañar misterio alguno se encuentra ante los restos magullados de un juguete roto. Otro más dentro del enfermizo mundo del deporte profesional estadounidense, a saber: talentos precoces azuzados por sus progenitores para convertirse en rutilantes estrellas que simbolizan en último término el ansia por triunfar a toda costa. A la impactante interpretación que realiza Margot Robbie (a la sazón, productora del filme) como Tonya Harding hay que sumar la de Allison Janney en la piel de su madre, LaVona Golden. Ambas mujeres sostienen de principio a fin una desquiciante cinta que oscila entre la reconstrucción fidedigna de los hechos —salpicada por la constante violencia (verbal y física), que exudan sus protagonistas— y la comedia negrísima. Las constantes críticas a la desmedida cultura del esfuerzo llevada hasta sus últimas consecuencias sólo se puede entender en el seno de una sociedad tan enferma y caprichosa como la norteamericana.

O así nos la muestran Robbie y Gillespie a través del guion de Steven Rogers (Quédate a mi lado, Kate & Leopold). Saltándose las reglas del juego y rompiendo la cuarta pared con apenas media hora de metraje transcurrido, la película logra rebajar la incómoda violencia que empapa la vida de la joven patinadora. Por contra, la apuesta termina por restarle veracidad al filme, por mucho que sus responsables se empeñen —ya es una (molesta) tendencia habitual—en acompañar los títulos de crédito con imágenes que buscan subrayar el verismo de lo que se nos ha contado a lo largo de dos horas de metraje. Impacta la crudeza con la que tanto Robbie como Janney abordan sus papeles de madre e hija, provocando verdadero malestar en el espectador ante la visión de una relación tóxica que emponzoña la trayectoria profesional (y sentimental) de la patinadora.

El tercio final de la cinta resume a la perfección el circo en que se ha convertido nuestra propia existencia en el seno de una sociedad consumista constantemente necesitada de nuevos ídolos a los que encumbrar para luego devorarlos con idéntico deleite. La película se beneficia de la atmósfera noventera gracias a una excelente dirección artística, así como a la fotografía de Nicolas Karakatsanis y la música de Peter Nashel, que se entremezcla con clásicos (muy redneck) de la época.

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