Roman J. Israel, Esq.

Roman J. Israel, Esq.Con dos premios Oscar© en su carrera y tres candidaturas en el último lustro, Denzel Washington sigue empeñado en alzarse con una nueva estatuilla dorada. Tal parece tras ver su trabajo en Roman J. Israel, Esq., la segunda incursión tras las cámaras del guionista Dan Gilroy tras la sobresaliente Nightcrawler. De nuevo un relato de denuncia social ambientado en Los Ángeles, aunque en esta ocasión mucho más dulcificado que su precedente fílmico; quién sabe si para incrementar las posibilidades de su actor principal (y productor) en la temporada de premios. Roman J. Israel, Esq. es una película ambiciosa y desconcertante. La decisión de arrancar con una declaración de intenciones por parte de su protagonista juega en contra del relato mismo. Una primera hora notable, en la que Washington demuestra una vez más lo gran actor que es cuando cuenta con una historia a la altura y huye de histrionismos. Toda la contención que se observa en su composición de este atribulado letrado se torna progresivamente en un nuevo ejercicio de autocomplacencia que desvirtúa la labor precedente. Una lástima, porque la historia es atractiva, del mismo modo que lo es la manera en que Gilroy la cuenta. Desempleo, crisis de la mediana edad —y de valores—, capitalismo exacerbado, pérdida de derechos civiles, indefensión, racismo, lucha de clases, justicia. Todos ello convive en el guion de Gilroy. Una apuesta arriesgada que flaquea cuando pretende convertir a su antihéroe en todo aquello que nunca fue. Cuando el escudero al que hace referencia el título se transforma en caballero andante, el armazón que sustenta el filme acaba por desmoronarse.

Por fortuna el espectador puede deleitarse con el resto de méritos (que los tiene) de una película imperfecta. Empezando por su magnífica banda sonora. Tanto el score de James Newton Howard como el resto de temas que suenan en la banda sonora se integran como un elemento más de la narración para aportar una coherencia y un trasfondo a los personajes que no siempre obtiene un reflejo en pantalla. Gracias a clásicos del soul y el jazz que suenan a lo largo de la cinta conocemos más sobre la personalidad de nuestro peculiar protagonista. Pharoah Sanders (Elevation), Marvin Gaye (Trouble Man), Funkadelic (Cosmic Slop) y Childish Gambino (Baby Boy) ayudan a contar la intrahistoria de esta enciclopedia jurídica andante; del mismo modo que lo hacen los posters y fotografías que decoran su modesto apartamento. En una de ellas se puede leer: «Que la injusticia nos enfurezca, pero que no nos destruya», una cita que resume a la perfección la segunda mitad del filme. Los dilemas morales a los que se enfrentan tanto el espectador como el protagonista principal trazan un curioso simbolismo con la educación judeocristiana y las fuentes del derecho romano. Nada sucede por casualidad, basta recordar el título del filme que nos ocupa. Vibrante montaje, a cargo de John Gilroy (todo queda en casa), y colorida fotografía de Robert Elswit, colaborador habitual tanto de Gilroy como de Paul Thomas Anderson.

También es un acierto el resto del casting, muy a expensas de no hacer sombra a Washington, pero que así y todo cuentan con sus momentos de lucimiento. Algo reseñable en el caso de Colin Farrell, quien aquí da vida a un abogado de éxito (George Pierce) y se muestra mucho más contenido que en ocasiones precedentes. Muy solvente también la interpretación de la británica Carmen Ejogo (Maya), capaz de robarle un par de secuencias al bueno de Denzel. El resto del reparto (Amanda Warren, Tony Plana) cumple su cometido sin más, toda vez que la película se convierte en un desmedido ejercicio de constante lucimiento de Washington, quien apenas deja espacio para nada (ni nadie) más en pantalla. El cuestionable arranque del filme sirve para justificar la (innecesaria) moralina final y desluce un relato cuyo inicial tono de denuncia social (muy en la línea del documental Enmienda XIII) termina sonando impostado y hueco.

 

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