El hilo invisible (Phantom Thread)

Phantom ThreadInsólito cruce entre Psicosis y Frankenstein envuelto en muselina, El hilo invisible supone un nuevo derroche de talento del cineasta Paul Thomas Anderson. Sutil ejercicio de estilo fílmico que bordea las relaciones BDSM para desembocar en arrebatador amour fou, la película es un indisimulado canto al perfeccionismo compulsivo que (quizá) persigue a Anderson desde sus precoces inicios. Imposible, además, desligar la figura de Reynolds Woodcock —el testamento fílmico de Daniel Day-Lewis— del diseñador Cristóbal Balenciaga. Aunque más allá de las semejanzas personales, la excusa argumental del atormentado genio creador y su compulsivo y febril ritmo de trabajo envuelve no pocas carencias afectivas y una personalidad caprichosa. Aquí es donde entran en juego las tres mujeres que definen la existencia de Woodcock. Con la joven Alma (Vicky Krieps) como simbólico punto de inflexión en la vida del diseñador y, al tiempo, musa de sus creaciones. El crecimiento personal que experimenta Alma bajo la tutela de Reynolds es uno de los más bellos y retorcidos ejemplos de la complejidad de las relaciones humanas que nos ha dado el cine en décadas. Bajo la apariencia de un filme clásico, Anderson (aquí realizador, guionista y director de fotografía) es capaz de diseminar infinidad de matices que definen esta apasionada relación más allá de las soberbias interpretaciones de ambos actores. Jugando con la complicidad del espectador, la película abandona los cánones clásicos de su primera hora para sumergirse en un juego de apariencias y engaños que encierra en su núcleo el triángulo formado por Reynolds, Alma y Cyril (magnífica Lesley Manville) para devenir en su tercer acto en una inesperada declaración de amor incondicional.

Ya desde la asunción de Alma en el elíptico prólogo, con ese definitorio «Every piece of me», el espectador es consciente de que no está ante una historia de amor al uso. Del mismo modo que la película tampoco es un relato de época ni una biopic no autorizada sobre un icónico modista. Los verdaderos motivos que subyacen en la burbujeante imaginación de un genio creador, sus pasiones y esa fascinación por sus creaciones convierten el filme en un absoluto deleite para los sentidos. A ello contribuye en gran medida la perfección formal con la que Anderson lo ha rodado. Con la misma exquisitez y pulcritud con que se viste su inolvidable protagonista, cada plano, cada movimiento de cámara parece estar medido a la perfección. Al conjunto le acompaña una banda sonora excepcional a cargo de Jonny Greenwood, colaborador habitual del cineasta desde hace más de una década.

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