Perdido (Mon garçon)

Mon garçonCon un controvertido timing llega a nuestras pantallas Perdido (Mon garçon), thriller familiar protagonizado por Guillaume Canet. La cinta, que se centra en la desaparición de un menor durante un campamento escolar, escrita y dirigida por el apreciable realizador galo Christian Carion, presenta no pocos elementos comunes con el caso del pequeño Gabriel Cruz, que ha conmocionado a la opinión pública española. Narrada con un estilo descarnado y casi documental, la película es un tour de force interpretativo de Canet (Julien Perrin), quien deberá luchar con sus demonios interiores para desentrañar una historia en la que (apenas) nada es lo que parece, pero que tampoco aporta grandes novedades a un género repleto de clichés. La estrella gala cuenta como partenaire con la no menos conocida Mélanie Laurent (actriz, directora, cantante), la cual aquí debe esforzarse de lo lindo en sacarle partido a su Marie Blanchard. Un papel cuasi testimonial y tremendamente desaprovechado dentro de una historia en la que un mayor peso de la protagonista femenina estaba más que justificado.

Por contra, Carion fía la suerte del filme a la interpretación de Canet, que opta por la improvisación y potencia el carácter físico de su personaje. La incesante y enfermiza búsqueda del pequeño Mathys por parte de su padre y los cuestionables métodos del progenitor centran los dos tercios finales de una película que apenas alcanza los 90 minutos. Sin desentrañar la historia de fondo, sí conviene reseñar el pulso del director a la hora de rodar esa última media hora en la que apenas existen diálogos y la acción está perfectamente punteada por el score de Laurent Perez del Mar. El conjunto luce atractivo gracias a la fotografía de Eric Dumont, quien consigue contraponer la calidez hogareña de las estancias cerradas frente al gélido y sórdido exterior. La complicidad de las montañas nevadas y ese serpenteante recorrido que sirve para abrir y cerrar la película definen a la perfección el tono general de una cinta correcta que —pese a su almibarado epílogo— logra mantener la tensión de principio a fin.

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