NOS Primavera Sound 2018

Punto de inflexión para la cita portuense del Primavera Sound. La séptima edición del festival en tierras lusas supone un importante paso adelante tanto organizativa como musicalmente. Señal inequívoca de las intenciones de sus responsables, Pic-Nic Produções, el Primavera de Porto se reivindica maximizando el espacio útil que le brinda un entorno natural privilegiado como es el Parque da Cidade, en Matosinhos, y duplicando la programación con respecto a ediciones precedentes. La máxima parece clara: el NOS Primavera Sound es un festival para todos los públicos. Tanto para el ya tradicional combo familiar que gusta de visitarlo en la jornada sabatina de clausura como para los treintañeros que lo sustentan comprando los abonos a ciegas con un año de antelación. Pero el hecho diferencial comprobado en las dos últimas ediciones se encuentra en el guiño que los organizadores le han hecho al público adolescente. Los grandes escenarios alternan figuras ya consolidadas (Bon Iver, Anohni, Sigur Rós, Patti Smith, Nick Cave, PJ Harvey) con aquellos artistas —y estilos— que cobran especial relevancia en el lapso de tiempo que separa una edición de la siguiente. Por eso no es de extrañar la tan criticada apuesta por la electrónica y el hip-hop que presentaba el cartel de este año. Algo lógico, si tenemos en cuenta la tradicional media de edad de los asistentes y su perfil más o menos homogéneo en cuanto a gustos musicales. El órdago de la cita portuense este año —y que ya se atisbaba en 2017— ha sido ensanchar ese crisol. Dar cabida no sólo al público adolescente de habla inglesa, sino confeccionar un cartel atractivo para hacer cantera local. Nombres como los de Lorde, A$AP Rocky, Vince Staples, Kelela y Tyler, The Creator son un claro ejemplo de ello. Pero también lo son Ibeyi, Superorganism, Belako y Mavi Phoenix. Dicho esto, y obviando de entrada el asunto meteorológico, la séptima edición del NOS Primavera Sound concluye confirmando que ha sido la cita más ambiciosa de las celebradas hasta la fecha y con más aciertos que errores, pese a lo arriesgado del planteamiento.

Un riesgo que incrementó exponencialmente la lluvia. Las previsiones de los días previos auguraban un festival pasado por agua. Algo que parecía confirmarse a primera hora del jueves, pero que el ritmo funaná de los caboverdianos Fogo Fogo se encargó de disipar en el estreno del escenario SEAT. Ubicado donde los últimos dos años venía haciéndolo la carpa Pitchfork, el nuevo escenario está flanqueado por sendos graderíos de asiento (guiño anglófilo, seat: asiento). Por este palco han pasado algunas de las más sugerentes propuestas de esta edición: The War On Drugs, Fever Ray, Grizzly Bear, Father John Misty, Public Service Broadcasting, Wolf Parade y en su estreno podemos decir, que su aforo ya se ha quedado pequeño. La idea de descongestionar el núcleo duro del festival implica que el público se acostumbre a cambiar el verde inabarcable de los escenarios NOS y Super Bock (en el corazón del parque) por el acotado gris cemento del SEAT a la entrada del recinto. El salto hacia adelante en cuanto a espectáculo es incuestionable. La mejoría tanto visual como sonora compensa la pérdida de magia que puede suponer disfrutar de un concierto en medio de la naturaleza, sentado en el césped y bajo un manto de estrellas. Aunque los cielos encapotados de las dos primeras jornadas —salvo la tregua del viernes a primera hora— y el diluvio ininterrumpido del sábado (diez horas seguidas lloviendo) ya se encargaron de dar al traste con la propuesta bucólico pastoril que ha caracterizado las tres ediciones precedentes del festival.

Galería fotográfica de los tres días de festival, aquí.

Más allá de lo climatológico, no hubo que destacar incidentes reseñables. Enhorabuena a STCP, el servicio de transporte público de Porto, que tras el caos del año pasado ha optimizado los desplazamientos reduciendo los trayectos hasta en media hora. También se agradece que se hayan acelerado los controles a la entrada. Dentro del recinto, alguna avería puntual en los baños (reforzados en número esta edición) y retoques de última hora en la apertura de puertas el jueves. Muy similar oferta gastronómica y críticas constantes al precio de las consumiciones (cervezas a 2,5 y 5€), sobre todo por parte del público local. Portuenses, quienes, por cierto, cada año critican más la gentrificación de la baixa (el casco histórico). Algo de culpa tendremos nosotros…

Día 1

La neozelandesa Lorde se erigió en la absoluta triunfadora de la jornada inaugural. Coreada hasta la extenuación por los centenares de adolescentes que hacían guardia frente al escenario principal desde la apertura de puertas, Lorde saltó al escenario bajo un clamor que retumbó de un extremo a otro del Parque da Cidade. Idéntico show que el visto apenas una semana atrás en Barcelona, la joven cambió el vaporoso salto de cama que lució en la cita catalana por un refulgente mono rosado —más acorde a los 11ºC de esas horas de la noche—, que le permitió moverse con soltura por el escenario y charlar con el público entre coreografías y alegatos. Un soberbio espectáculo de una joven que recordó su paso por tierras lusas cuatro años atrás, periodo en el que se ha catapultado al firmamento mediático por méritos propios. Los mismos que llevaron a abrir el escenario principal en esta edición a Waxahatchee. El combo de Katie Crutchfield desbordó clase durante todo su concierto. Prueba de la entrega de los asistentes a esa hora fue el hecho de que la propia vocalista se mostrase sorprendida de que el público se animara a dar palmas durante su interpretación en solitario, acústica en ristre, de La Loose. La banda varió el repertorio de sus últimos conciertos y apostó por un arranque más contundente con hasta tres guitarras sonando al tiempo. Las gemelas Crutchfield nos regalaron un prometedor arranque que ya se había encargado de aventurar Foreign Poetry en el cercano escenario Super Bock.

El cuarteto británico dejó un gran regusto con su envolvente propuesta repleta de atmósferas oníricas. También llegados de tierras británicas pudimos disfrutar de la pegada de los escoceses The Twilight Sad en el escenario SEAT, por donde después pasaría Father John Misty con su mesiánico espectáculo. Jornada de contrastes, la del jueves, donde se concatenaba el trash sucio e incluso repulsivo en lo visual de Starcrawler en el escenario Super Bock con la elegancia sonora de Rhye en el NOS. El hecho más reseñable, como ya comentábamos en la introducción, es la abundancia de propuestas sonoras en esta jornada inaugural. Pese a no contar con los cuatro escenarios a pleno rendimiento (el reubicado Pitchfork no programaba nada este jueves) la oferta sonora posibilitó que todo el mundo encontrase acomodo en alguno de los palcos. Para otro día dejamos a la gente que acude a estas citas festivaleras para hacerse fotos de espaldas al escenario o para posar frente a alguno de los reclamos publicitarios que identifican los distintos espacios que dividen esta pequeña ciudad sonora que alberga el parque de Matosinhos.

Día 2

Soleada jornada que parecía espantar los malos presagios. Pocos éramos conscientes al acceder al recinto este viernes de la que, literalmente, se nos vendría encima 24 horas después. Idles atronaron desde el escenario principal como antesala de la descarga eléctrica que llegaría con The Breeders. El neoyorquino Damon McMahon (Amen Dunes) despidió su gira en el escenario SEAT, al igual que harían minutos después —con mucha más solvencia— Kim Deal y las suyas. Bromas de Mrs. John Murphy hacia Steve Albini (Shellac) que, tras los sorprendentes Zeal & Ardor, pasaría por el Super Bock fiel a su cita anual con el público portuense. George van den Broek (Yellow Days) fue el encargado de abrir el escenario Pitchfork. Ubicado en la parte más alejada de la entrada al recinto, el espacio que años anteriores recibió el nombre de ATP y Palco. se destapó —por fin— este edición con una apuesta sólida y desacomplejada desde primera hora de la tarde. Agradable sorpresa, la de Yellow Days; queriendo reinventar el pop añejo con canciones repletas de sentimiento y un aire a crooner retrofuturista que nos llevó en volandas hasta el núcleo duro de la jornada. Sin solución de continuidad, tras Breeders llegaba Grizzly Bear al palco SEAT y a la misma hora Ibeyi saltaban —y hacían saltar— al Pitchfork. Los de Brooklyn nos regalaron un concierto superlativo desde su inicio. Bolo que no pudimos disfrutar íntegro para así llegar a la segunda parte de las gemelas Díaz.

El dúo yoruba lo dio todo para meterse al público en el bolsillo con su mezcla de electrónica, raíz y feminismo gozoso. Uno de los mejores conciertos del festival cuyo recuerdo opaca a propuestas más efectistas que efectivas (Superorganism) que también pasaron por el mismo escenario. Un palco Pitchfork que acogió al filo de las 23.30 horas, con más público del que uno recuerda haber visto nunca en ese extremo del parque, la actuación de Thundercat. Un público que, huérfano de escenario principal a esa hora, y habituado a moverse por el parque como las ratas por Hamelín, deambulaba colapsando los accesos por el único camino —a oscuras, bombillas apagadas— que lo conecta con la explanada central del parque. Solventado el colapso encontramos refugio de nuevo en el graderío de SEAT. Un escenario desangelado para acoger la vibrante actuación de la austriaca Mavi Phoenix. Toda una lección de lo que se puede lograr con un micro y unas bases, a diferencia de lo que nos encontraríamos un día después en el escenario Super Bock. Phoenix consiguió con su desparpajo llenar el inmenso escenario por el que a medianoche pasaría Fever Ray con su rompedora propuesta escénica. La sueca Karin Dreijer nos mostró su distópica visión del mundo que nos rodea. La pesadilla de Harley Quinn reconvertida en política reivindicación de la sexualidad femenina y toda una lección de cómo armar un show inapelable con un sonido excelso y sin perder en ningún instante el sentido del espectáculo. Con ese gran regusto nos fuimos a dormir lamentando que a los muy apetecibles Unknown Mortal Orchestra los programasen a partir de la una de la madrugada.

Día 3

El diluvio. Un interminable aguacero que convirtió el Parque da Cidade en una suerte de parque acuático. Impermeables, botas de agua, capuchas y paraguas. El comportamiento más insolidario que uno puede ver en un festival de música. Centenares de paraguas que impidieron a miles de personas ver el escenario ante el que se encontraban bajo una lluvia pertinaz que azotaba incluso bajo techo. Miles de personas empapadas tratando de atisbar la figura de Nick Cave en lontananza. Espectadores que sólo asisten ese día al recinto atascados en medio de un barrizal sin más referencia que la que acostumbran a seguir año tras año: cuanto más grande sea el escenario, mejor será el grupo. Hagamos buena esa máxima para hacer patria y situar a Belako en el lugar que merece. Seis de la tarde, palco principal cayendo la mundial. Desbordante felicidad sobre el escenario —parece que no sólo llovía por fuera— y quizá el mejor bolo que hemos visto dar al cuarteto de Mungia. Con Cris erigida en poderosa frontwoman y un Josu pletórico a la segunda voz, el descorche de cerveja y la danza tradicional vasca guitarra en ristre. Lore y Lander poderosos como siempre ante un público en el que se mezclaban los fans entregados junto a quienes no dejaban de agitar sus cabezas y grabar con sus teléfonos móviles. Con ese gran sabor de boca que nos dejó el show de Belako asistimos a la mayor decepción del festival. Resulta complicado enjuiciar la actuación (¿?) de Kelela en el palco Super Bock. Vestida de blanco nuclear y ante un gentío sobre el que los focos hacían brillar las gotas de lluvia que perlaban los uniformes de plástico, la de Washington no aguantó ni siquiera la primera canción.

De pronto, y sin mediar palabra, se puso a lanzar besos al público para agradecerle su presencia pese a la que estaba cayendo. Lo curioso fue que su voz siguiera sonando mientras hacía esto y más curioso todavía fue su reacción posterior. Presa de una emoción que hace que le brillen los ojos, la joven arranca la ovación de las primeras filas, imitada por el resto de los presentes. Sin poder articular palabra, Kelela le pone el micro al público para que cante por ella, pero su voz seguía inundando —junto a la lluvia— el escenario. Una cantante que no canta, un dj con una mesa que lanza bases… En el segundo escenario más grande del festival en su jornada de clausura. Al término de la canción, Kelela se gira y le regala una sonrisa cómplice al dj. Esa fue la gota que colmó el vaso de nuestra paciencia. Por suerte, con diez minutos de diferencia en el escenario Pitchfork, Lætitia Tamko (Vagabon) nos regaló una magnética actuación repleta de intensidad y emoción. Ante un público que guardó un silencio reverencial, la multiinstrumentista nacida en Camerún desgranó parte de los cortes de su debut, Infinite Worlds, y nos obsequió con una de sus nuevas canciones para cerrar un concierto que a todos los presentes se nos hizo demasiado corto. Fue quizá esta descompensación en los tiempos, esta constante coincidencia de conciertos lo que peor se llevó en la jornada de clausura.

Tal vez la molesta lluvia nos volvió más intransigentes, incluso criticones. Lo cierto es que una vez visto el cartel, ciertos solapes incomodaban bastante. Los más optimistas creíamos posible compatibilizar conciertos como la jornada precedente, pero el diluvio trastocó todos los planes. Tocaba sacrificar y el damnificado fue Nick Cave (por suerte, aquí está el concierto). No quedaba otra si queríamos asistir íntegro al concierto de The War On Drugs, para quienes la organización decidió que sólo dispusieran de 50 minutos. Hubo gente que lo intentó, miles de personas, de hecho. Entre ellas rostros conocidos del panorama independiente patrio como Martí Perarnau, Emilio Saiz, Guille Galván o Jaime Arteche. Centenares de ellas se apresuraban en torno a las 23.15 (al término de la actuación del australiano, que había comenzado a las 22.05) en dirección al palco SEAT. De un extremo al otro del parque una riada inmensa de personas desafiando a los elementos para tratar de atisbar algo del concierto de Adam Granduciel y los suyos. Igual que les había ocurrido en la hora y media anterior salvo que ahora ya sus pies ya no estaba rebozados en un lodazal.

En honor a la verdad, el palco SEAT fue la tabla de salvación de muchos este sábado. Y no lo fue únicamente por cuestiones logísticas. Encadenar tres bolazos como los que se marcaron Public Service Broadcasting, Wolf Parade y The War On Drugs es algo que difícilmente olvidaremos. Pero vayamos por partes. La distribución de artistas este tercer día se podría haber mejorado. No vamos a jugar aquí a programadores, que demasiado tienen ya los responsables con sus quebraderos de cabeza para cuadrar fechas, egos y soportar críticas inmisericordes, pero sí se echa en falta una mayor cintura para haber reubicado a artistas en medio del diluvio. Hubo tiempo de hacerlo, lo que no sabemos es si existió tal posibilidad o predisposición por parte de los músicos; pero que alguien accediese al recinto a las seis de la tarde para ver a Mogwai o Arca, que no salieron respectivamente hasta la una y las dos y media de la madrugada, y viviera diez horas seguidas de aguacero con escenarios (como el Super Bock) que no programaron nada a lo largo de dos horas da que pensar. Al igual que lo hace el hecho de que unos cabezas de cartel sí dispongan de 70 o 90 minutos mientras que el setlist de otros no llegue a la hora de duración. Dicho esto, tanto los londinenses Public Service Broadcasting como los canadienses Wolf Parade exprimieron al máximo su tiempo en escena. Los primeros hicieron gala de una deslumbrante puesta en escena con imágenes que complementan su actuación y la colaboración de un trío de metales que por momentos les robó el show. Al igual que sucedió con el astronauta que saltó al escenario casi al término del bolo. Propuesta muy disfrutable e hiperconsciente de lo que supone una cita festivalera de este calibre. Lo mismo podemos decir de Wolf Parade. Con una formación clásica y sin alardes pirotécnicos, Dan Boeckner hizo gala de su magnetismo en escena al más puro estilo del rock clásico mientras Spencer Krug y el resto de integrantes se mantenían en un discreto segundo plano dando muestras de su innegable talento.

Talento a raudales fue el que derrocharon en los apenas 50 minutos que estuvieron sobre el escenario SEAT Adam Granduciel y los suyos. El sexteto de Filadelfia desplegó un setlist condensado y enérgico por el que su batería parecía galopar. Aunque también hubo tiempo para que el líder hiciera gala de su pericia a la guitarra e incluso para que volviese loco al backliner responsable de su cambio de instrumentos. Granduciel hizo uso de hasta tres guitarras en diversos momentos del show, pero parecía sentirse incómodo con el cable que las conectaba al amplificador. Hubo un instante en el que parecía que ya se había olvidado de ello y bromeó haciendo como que aplacaba el fuego que desprendía el saxo barítono situado a su espalda con una toalla negra con la que acababa de secarse el sudor, la lluvia o todo a la vez. Pero no. Cuando Granduciel volvía a moverse de un lado a otro el cable se enredaba a veces en algún punto concreto del escenario. El técnico, el mismo que durante el montaje tarareaba un premonitorio Stagger Lee procedente de la actuación de Nick Cave desde el otro lado del parque, le perseguía tratando de calmar su malestar, aunque no sirvió de nada. Tras una interpretación de más de 13 minutos de Under The Pressure, Granduciel se hartó y acabó lanzando —por dos veces— su Fender al desconsolado cielo de Porto antes de abandonar el escenario.

Galería fotográfica de los tres días de festival, aquí.

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