Dogman

Dogman

DogmanEntre los restos del naufragio personal y moral de una crisis que asuela al viejo continente durante la última década flotan a la deriva los personajes que pueblan Dogman, de Matteo Garrone. Ambientada en el barrio de Villagio Coppola (Caserta), cerca de Nápoles, la película recrea una historia real que conmocionó a la sociedad romana a finales de los 80. De nuevo con la violencia como motor, Garrone centra su filme en Marcello (Marcello Fonte), un peluquero canino a través de cuyos expresivos ojos vemos el micromundo que lo rodea: las relaciones con sus convecinos, su hija Alida y, sobre todo, con su mejor amigo, Simoncino (Edoardo Pesce). Las interpretaciones de Pesce y Fonte son lo mejor de una cinta técnicamente impecable, muy bien rodada y con una espléndida fotografía (Nicolai Brüel), pero cuya carga dramática hace aguas ante la sucesión de situaciones inverosímiles que se plantean —elipsis aparte—, sobre todo, en el tercio final del filme.

Sin entrar en la idoneidad de las decisiones adoptadas por Garrone a la hora de contar su película, parece evidente que convertir las constantes metáforas caninas en la razón última de la transformación a la que se ve forzado nuestro antihéroe Marcello hace que se diluya otro buen puñado de ideas que sólo quedan sugeridas en el arranque. La corrupción enquistada, la omertá imperante en el barrio, la imposibilidad de luchar contra tu propio destino y la necesidad de ser aceptado por el resto de la manada a riesgo de traicionarse a uno mismo. Asuntos que se apuntan, pero acaban eclipsados por esos arranques violentos frutos del acelerón alcaloide y que nos impiden asistir a una cinta mucho más redonda.

La violencia sinsentido es aquí un reflejo de esa crisis de valores que ha convertido las ciudades de la vieja Europa en una suerte de moderno farwest en el que impera la ley del más fuerte, algo que Garrone y Brüel aciertan a mostrar con las imágenes crepusculares del descampado por el que transcurre la mayor parte de su historia. Mención aparte merece el plano secuencia final, que simboliza el vía crucis por el que atraviesa nuestro protagonista convertido ya en otra persona distinta. Quizá ese algo oscuro e inconfesable que se encuentra impregnado en nuestra esencia y que —como una adicción— es tan inexplicable como la inquebrantable amistad que Marcello profesa a Simone.

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