La quietud

La quietud

La quietudEn contadas ocasiones una película puede conseguir que ya no seas la misma persona antes y después de haber pasado por la sala de proyección. La quietud, la décima cinta del argentino Pablo Trapero es capaz de causar este efecto en el espectador que acepta el juego y se deja seducir por la familia que habita en la finca que le da título. Más allá de las incontables virtudes técnicas del filme —que las tiene— y de su más difícil todavía argumental, su mayor mérito está en lo acertado del reparto. Un casting que encabezan Bérénice Bejo (Eugenia) y Martina Gusman (Mia), pero en el que sobresale en su último —y revelador— acto, Graciela Borges (Esmeralda). Presentado en su desconcertante arranque como un drama familiar de dudosa y latente sexualidad, La quietud logra lo imposible a cada minuto que avanza el metraje. Esto es, descolocar al espectador hasta conseguir que éste se cuestione cada una de las presumibles certezas con las que comenzó a ver el filme. La inquebrantable amistad transoceánica de las dos hermanas protagonistas se nos muestra siempre desde la perspectiva de Mia y, como descubriremos, existe una muy buena razón para ello. La vida y la muerte danzan entrelazadas en un nudo de doble lazo que estrecha a ambas con otros dos hombres, Vincent y Esteban, que completan el tablero sentimental.

Sin alejarse de la tradicional mirada social que impregna su cinematografía, Trapero prefiere dejar sus señas de identidad ya desde el arranque de la película a través de la excelencia técnica. Su manera de rodar las secuencias más íntimas en el interior de las habitaciones de La quietud, la manera de desnudar —no sólo figuradamente— a sus actrices ante nuestros ojos y ese prodigio de plano secuencia en el velatorio son una auténtica delicia. Pero hay más, mucho más. Porque en los 117 minutos de metraje podemos encontrar cine político (el padre de la familia se llama Augusto no por casualidad) e incluso juegos de palabras (Euge-Mia), pero también alegorías con los propios nombres de las hermanas con implicaciones que llegan a poner los pelos de punta. Drama familiar que se convierte en nacional y tal vez sólo tenga sentido en —y para— Argentina. Filme redondo con espléndidas interpretaciones femeninas. Brilla sobremanera durante todo la película Martina Gusman —esposa del director— y en especial en el tercer acto, Graciela Borges. Toda una gema, sigamos con el juego de los nombres, por descubrir más allá de lo presuntamente rocambolesca de su composición de la madre de esta familia disfuncional sobrepasada por los acontecimientos.

Con la proyección de La quietud en el teatro Cervantes se cerró el tercer día de Sección Oficial de esta 63ª Seminci. Breve ovación al término del pase vespertino.

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