Infiltrado en el KKKlan

BlacKkKlansman

BlacKkKlansmanPese a no haber abandonado nunca la militancia con que logró posicionarse como un referente a finales de los 80, Spike Lee necesitaba una película como Infiltrado en el KKKlan para recuperar su estatus y respetabilidad. La historia real de cómo el agente de la policía de Colorado Springs Ron Stallworth logró infiltrarse en el ‘imperio invisible’ comandado por David Duke no sólo documenta un episodio de la historia reciente de EEUU, sino que simboliza a la perfección una realidad mucho más aterradora. Con tres partes muy diferenciadas e irregulares a lo largo de más de dos horas de metraje, es en el arranque y en su desgarrador final cuando Lee logra su propósito, desprovisto de proclamas incendiarias. El mayor riesgo que corre el cineasta es apostar por la comedia para vehicular una historia que igual de otra manera habría resultado increíble para el espectador.

Es en esta alternancia de géneros, de la buddy movie al thriller policiaco como coartada de la denuncia social emboscada en comedia, donde el filme deja al descubierto sus costuras. La recreación de la historia real aderezada con apuntes documentales y una pizca de aterradora ironía —produce Jordan Peele— choca en no pocas ocasiones con ese aire de screwball que rodea las apariciones de los miembros del klan en pantalla. Se echa en falta una mayor profundidad en las motivaciones de la pareja protagonista, apenas apuntadas por sendas secuencias en las que tanto los personajes de John David Washington (Stallworth) como su sosias Adam Driver (Flip Zimmerman) se cuestionan la finalidad de la investigación y la suya propia dentro de un cuerpo con no pocos paralelismos con ‘la organización’. Por contra, la película posee grandes aciertos en lo formal. Tanto la soberbia dirección de fotografía del prometedor Chayse Irvin, como el rutilante score de Terence Blanchard, colaborador habitual del director, contribuyen no sólo a la recreación histórica, sino que sirven a los propósitos dramáticos del filme en su parte más política.  Los actores y un par de fogonazos de Lee volviendo a ser el Lee que nos revolvió en nuestras butacas —emocionante, el homenaje póstumo a Heather Heyer—salvan el resultado final de una película tan desconcertante como improbable sería tener a Donald Trump sentado en el despacho oval de la Casa Blanca.

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