Lazzaro feliz

Lazzaro felice

Lazzaro feliceLa alegórica primera hora de Lazzaro feliz se convierte casi por arte de magia en una película decididamente poética que se resiste a abandonarnos tras el fundido a negro de los créditos finales. Es en la devastadora crudeza de ese realismo mágico donde la cinta de Alice Rohrwacher muestra su verdadera naturaleza. Cruda, descarnada, pero también arrebatada por la mirada inocente de su protagonista, Lázaro. El personaje que compone el debutante Adriano Tardiolo es un prodigio de expresividad. Capaz de insuflar verdad a cada plano del filme, Tardiolo es —pese a su inmenso trabajo— sólo uno de los aciertos de una cinta conmovedora fraguada desde el insólito guion con el que la realizadora toscana nos sorprende a lo largo del metraje. Dos horas de cine con mayúsculas repleto de simbolismo, alegorías, denuncia social y una deliciosa galería de perdedores con los que estremecernos. Todo tiene un porqué en esta película: una suerte de El principito neorrealista. Desde el grano con el que está filmada y nos remite a nuestros propios recuerdos hasta el uso de la música como emocionante elemento vertebrador del filme.

Resulta complicado hablar de Lazzaro feliz sin destripar ningún detalle de su historia. De la verdadera historia que subyace en ella. Conviene respetar la liturgia y asistir a su proyección lo más limpio posible. Rohrwacher nos invita a abrirnos, a experimentar las sensaciones como si fuera la primera vez. Con nuestros ojos de niño seremos capaces de apreciar todos los detalles de una película repleta de subtextos e información dispuesta en distintos planos narrativos. Es digno de alabar que todo encaja en este puzzle que bebe de nuestras fuentes primigenias. Karma, destino, milagro, irrealidad y ficción se entremezclan para asestarnos un último golpe —de realidad— ante el que es imposible apartar la mirada.

Esta improbable historia de amistad a la luz de la luna aúlla en nuestro interior al evocar las imágenes que nos transportan de vuelta a L’inviolata. Por las grietas del corazón resquebrajado de la Lacio rural pugnan por colarse los tenues rayos de esperanza que en último término liberen a Lázaro. Y a nosotros mismos.

 

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