Roma

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En otra vida, el pequeño Pepe primero quiso ser piloto y luego marinero. Disfrutaba de veranos infinitos en compañía de sus hermanos con los que jugaba a indios y vaqueros en la terraza de una casa impregnada de olores, sonidos y luces. Una vivienda de clase media de la colonia Roma, en el DF, con una poderosa presencia matriarcal. Porque junto a su madre y su abuela otras dos mujeres, Adela y Cleo —modestas, esforzadas e invisibles—, cuidaron de que todo estuviera en orden en aquella amplia casa. Los detalles de la infancia de Pepe y las confesiones esporádicas que el niño realizaba a Cleo en un principio podrían carecer de interés para nosotros, inadvertidos espectadores de uno de los mayores —y mejores— ejercicios cinematográficos que quien esto escribe recuerda, pero en realidad son una celebración de la vida. Un desgarrado canto de amor a una vida que no volverá, pero de la que ninguno querríamos desprendernos por muchos años que pasen. Caramillos que anuncian la llegada del afilador y se cuelan a través de enormes ventanales, humo de cigarrillos, tamales, ladridos caninos —Borras, Borras— y sexo furtivo tras los cristales.

Revueltas estudiantiles, silencios heladores, abismales diferencias entre clases sociales, machismo enquistado y todo ello rodado en un luminoso blanco y negro que resalta la autenticidad de lo que aquí se nos narra. Cine de verdad y con mayúsculas, desprovisto de artificios y apoyado en la portentosa interpretación de Yalitza Aparicio, su protagonista absoluta. Pepe en realidad se llamaba Alfonso y Cleo, Libo. Liboria. Tal vez fuera cierto que ella nunca aprendiese a nadar, pero tampoco le hizo falta. Cuando llegó el momento, sólo se preocupó por lo importante y se olvidó de los pequeños detalles. Alfonso, en cambio, lo recuerda todo. Y por si no me creen, aquí tienen esta película que es un sentido homenaje a la mujer que lo crió en el convulso México de principio de los 70.

Roma es todo esto y mucho más, por eso hay que verla. En pantalla grande o pequeña. También es la certificación de que el talento de un cineasta no estriba únicamente en las piruetas visuales y la ciudada planificación de las secuencias. Cuarón es capaz de desarmarnos con simples (¡ja!) paneos y planos fijos. Sólo él es capaz de colocar la cámara en el lugar adecuado y renunciar a una banda sonora. Puede que al principio no lo sepas, pero bastarán unos segundos para que logres comprender el porqué de cada decisión. Es cierto, todo sucede por un motivo en esta película, aunque —como un equilibrio imposible, digno del Profesor Zovek— pudiera pasar inadvertido a primera vista. También sucede con los constantes homenajes autorreferenciales y los deliciosos instantes de cine dentro del cine. El prodigio lo completa la lucidez narrativa a la hora de hacer discurrir en paralelo los abruptos relatos de pérdida y regeneración que viven tanto Cleo como la señora Sofía (Marina de Tavira). Y así, como el inadvertido paso de los aviones que sobrevuelan nuestras cabezas, discurre la vida por esa vivienda de la calle Tepeji que ya forma parte de la historia del cine y la propia nuestra.

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