Suspiria

Suspiria

SuspiriaPor algún extraño motivo, el cine actual parece empeñado en querer enmendar la plana a ciertos clásicos que parecían intocables. Esto no es algo nuevo, recordemos que hace 20 años Gus Van Sant osó replicar Psicosis plano a plano —¡y en color!— con funestos resultados. Algo así sucede con la tarantiniana Malos tiempos en El Royale, por citar un ejemplo reciente en el que su director, Drew Goddard, realiza un cruce imposible entre Reservoir Dogs y La cabaña en el bosque. Rayano atrevimiento es el que lleva al cineasta italiano Luca Guadagnino a reeditar, ampliar y tratar de mejorar Suspiria, la cumbre del giallo que firmó Dario Argento en 1977. Ambientada en el Berlín de ese mismo año y con significativas alteraciones sobre el esquema argumental original, Guadagnino desarrolla una historia tremendamente compleja en lo narrativo, repleta de subtextos y aderezada por ingentes cantidades metarreferenciales. Si desligásemos del conjunto tanto su banda sonora, a cargo de Thom Yorke (Radiohead), como sus apasionantes números de danza, quizá estaríamos hablando de uno de los mayores bluffs del año. Ponderar estos elementos dentro del extensísimo metraje (152 minutos) tampoco ejerce de coartada salvavidas al producto final, pero sí apunta determinadas inquietudes artísticas reseñables, que cualquier espectador disfrutará por encima del irregular producto final.

Capítulo aparte merece todo el trasunto histórico, político y militante con el que Guadagnino se empeña en saturar el filme. Más allá de la pertinencia de su apuesta por evidenciar las desigualdades de género, la coherencia de ese discurso pretendidamente feminista con el símil mefistofélico que encarnan —nunca mejor dicho— Susie Bannion (Dakota Johnson) y sus acólitas revela una endeblez preocupante. A la rebuscada coartada argumental con que Guadagnino nos vende su revisión del clásico de Argento debemos sumar la no menos excesiva presencia de Tilda Swinton, vampirizando casi la totalidad del metraje y contribuyendo a esa sensación de incomodidad permanente que envuelve la cinta desde su arranque pretendidamente político.

Pese a todos estos handicaps, no cabe duda de que habrá seguidores del realizador italiano que encuentren un deleite inusitado en la caza continua de referencias. Desde el cine de Antonioni o Pasolini (difícil mezcla) a Fassbinder y Schlöndorff. Desde los cameos argumentales y actorales de la original a ese desconcertante epílogo que trata de justificar este cuento de brujas como una improbable historia de amor y olvido. Como deseando convertir el original en apenas una vulgar pesadilla ahora ampliada, mejorada y transformada en liberador alegato feminista. Y todo ello, claro, desde la reveladora y adoctrinadora mirada de un hombre.

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