Dolor y gloria

Dolor y gloria

Dolor y gloriaHablar de Dolor y gloria como si de tan solo una película autobiográfica se tratase dentro de la extensa e irregular filmografía de Pedro Almodóvar sería privar a uno de los filmes más redondos del cineasta manchego de sus múltiples —y no tan evidentes— significados. Sin negarle un ápice de su carácter confesional, la historia de Salvador Mallo —sosias de Almodóvar magistralmente interpretado por Antonio Banderas— supone más que un canto del cisne fílmico una nueva e inexplorada vertiente almodovariana apoyada en la tan traída autoficción que le ha acompañado desde sus inicios. No estamos ante un creador falto de ideas, como el Fellini de Ocho y medio, ni ante un provocador ávido de atención mediática como Von Trier en La casa de Jack. Lo que sí es cierto es que nos encontramos ante una película repleta de simbología ya desde su arranque: con ese director desnudo, sumergido en su particular universo y abierto en canal ante el espectador; Dolor y gloria consigue mantenerse fresca y sorprendente pese a abordar la temática que ha caracterizado el cine de Almodóvar desde hace cuarenta años, pero esta vez situando al propio cineasta en el foco y sin repetirse en sus planteamientos. Todos los tópicos están ahí: los cameos de postín, la banda sonora de Alberto Iglesias, la fotografía de José Luis Alcaine, la fugaz aparición de su hermano Agustín… Sin embargo, la depuración formal y narrativa hacen de ésta quizá su película más redonda.

Narrada a golpe de flashbacks opiáceos, como ya hiciera Sergio Leone en Érase una vez en América, la infancia de Salvador Mallo es el punto de partida de una cinta en la que se alternan los tiempos y las voces. Nada en ella es casual, como comprenderemos más adelante, y esta ajustada precisión en el engranaje del relato es la mayor baza de una película que ejerce de reivindicación del genio creador y al mismo tiempo le sirve a su autor para saldar cuentas y cerrar heridas con su pasado. Sobrecogen distintos pasajes dentro del filme, pero en especial tres de ellos. La forma con que cierra el duelo materno, la despedida del amor de su vida y el reencuentro fortuito con el niño que fue. Todos ellos rodados, escritos e interpretados de manera tan magistral, que por sí solos ya hacen que merezca la pena esta película. En un filme tan poliédrico también convive el despiadado y certero retrato del mundo de la interpretación, la eterna relación de amor-odio entre director e intérprete y el indisimulado homenaje a su mano derecha, Esther García, que enfatizan la apuesta de Almodóvar por mostrarse sin ambages.

Aunque Dolor y gloria es, como anunciábamos en el arranque, mucho más. En ese viaje voluntario, deseado, que Salvador Mallo realiza a su infancia también podemos descubrir una nueva vertiente filosófica de Almodóvar. Su peculiar reinterpretación del platónico mito de la caverna trasladado a las cuevas de Paterna (ningún nombre es casual) le sirve para establecer su génesis no solo vocacional, sino identitaria. Como señas de identidad son sus dolencias (físicas y emocionales), su amor por el cine y la necesidad de alentar la creación continua como acto de rebeldía, de ferviente insumisón ante esa tan temida muerte en vida que supondría no ya no recordar lo vivido, sino caer el olvido.

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