Avengers: Endgame

Avengers: Endgame
Avengers: Endgame
★★★★☆

No hay mejor final que honrar tus orígenes. Una década después del estreno de Iron Man (2008), la primera película de lo que ahora conocemos como el Universo Cinematográfico de Marvel (en adelante, por su acrónimo inglés MCU), los estudios decidieron filmar una bilogía que cerraba el ciclo de los enfrentamientos de Los vengadores con el titán loco Thanos iniciada en 2012 con la cinta homónima, presentación del supergrupo. Dichas películas llevan por título Infinity Wars y Endgame y ambas embarcan al espectador en una epopeya de dimensiones insospechadas para quien consigue mantenerse limpio de cualquier injerencia externa al ocupar su butaca en una sala de cine. Y siendo respetuosos con las reiteradas peticiones de los directores de ambos filmes, en esta reseña nos mantendremos al margen de spoilers. Sin ánimo de crear expectativas poco realistas recurro al autoplagio a la hora de enjuiciar Vengadores: Endgame. Si hace siete años, tras ver la primera cinta de la saga dirigida y escrita por Joss Wheldon, quien esto escribe se atrevió a afirmar que estaba ante «la mejor película de superhéroes que se haya hecho nunca (hasta la fecha)» ahora no podemos hacer otra cosa que ratificarnos en lo dicho al hablar de Endgame. Los hermanos Russo, que debutaron en el MCU con Captain America: The Winter Soldier, han logrado elevar el listón hasta límites insospechados a los filmes venideros. Quizá las habrá mejores, pero no más grandes.

Tanto con Infinity Wars como con Endgame la narrativa y el ritmo son soberbios, pero no lo son menos las composiciones de los personajes que abjuran de su bidimensionalidad comiquera para mostrarse poliédricamente atractivos. Este tratamiento adulto de la saga marvelita junto a la fidelización de un fandom acostumbrado a recibir su dosis anual de superhéroes explica los motivos por los cuales los Russo y su equipo de guionistas deciden retomar el planteamiento post apocalíptico que Wheldon eligió para el debut en la gran pantalla del sexteto integrado por Iron Man, Capitán América, Thor, Hulk, Viuda Negra y Hawkeye. Si bien entonces el público norteamericano se esforzaba por exorcizar los demonios del 11-S, de forma muy inteligente a lo largo de la franquicia, los Russo han ido situando al espectador ante las nuevas —y mucho más reales— amenazas de éste nuestro mundo real. La hipertecnificada sociedad de la desinformación con sus tramas de espionaje e interferencias rusas ya estaban ahí desde el citado Soldado de Invierno y la llegada de Thanos (verdadero protagonista de Infinity Wars) no es más que la culminación corpórea de dichos temores.

El miedo a la pérdida, los inquebrantables vínculos, la angustiosa culpa e incluso la desquiciada sed de venganza tienen cabida en las tres horas de montaña rusa de emociones que supone embarcarse en el visionado de Endgame. Resulta significativo cómo una sala abarrotada de gente tratando de mitigar los nervios previos mientras devoran comida basura o se entregan a voz en cuello a charlas insustanciales con el compañero de butaca enmudece con el arranque del filme. Una película para nada complaciente con el espectador ocasional de blockbusters, pero muy satisfactoria para los seguidores hardcore. Todo aquello que uno pudiera imaginarse al término de Infinity Wars está en Endgame y mucho más. Da igual cómo de rebuscada sea la imaginación del fan más talibán que verá satisfechos sus deseos. Desde referencias culturales actuales (Fortnite incluido) a pretéritas (ese impagable listado cinéfilo), pasando por un sinfín de gloriosos homenajes a los cómics de los que procede (Secret Empire, The Tomorrow Soldier, Ronin), todo en Endgame parece medido y destinado a satisfacer hasta al más exigente de los espectadores. ávidos en ocasiones de vilipendiar una película sólo por el placer de aparentar ser más guays que el resto.

El filme triunfa incluso en sus partes más oscuras, ésas en las que de nuevo demuestra que se pueden abordar temáticas de peso sin ser plomizos (esperemos que DC tome nota). Algo que se refleja sobremanera en la fotografía de Trent Opaloch, colaborador habitual de los Russo. Hasta el score de Alan Silvestri, quizá algo menos apreciable en la anterior película, aquí se nos muestra rutilante y entregado a ese crescendo de emociones en que deviene la inexplicable última hora del filme. Una película excesiva desde cualquier punto de vista, complaciente por momentos, lacrimógena hasta cortarnos la respiración, pero inevitable.

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