Toy Story 4

Toy Story 4
Toy Story 4

Hace ya mucho tiempo que las películas de animación de la factoría Pixar dejaron de estar dirigidas al público infantil. Uno llega incluso a dudar de si quizá en algún momento lo estuvieron, aunque 24 años han dado para mucho. En efecto, cómo pasa el tiempo, ¿verdad? la primera entrega de la saga data de 1995. Sea como fuere, la (de momento) última entrega de las aventuras del vaquero Woody y sus compinches es un prodigio de originalidad repleta de mensajes pertinentes que huye de la sensiblería y la autocomplacencia. Dotada de una atmósfera cinematográfica y un ritmo trepidante capaces de atrapar al espectador ya desde el mismo arranque, Toy Story 4 posee algo nada corriente en el cine actual: entidad propia. Con un guion que funciona como un mecanismo de relojería, esta cuarta entrega se ve muy beneficiada por la magnífica planificación de las secuencias que han orquestado el realizador Josh Cooley y su equipo.

Bebiendo ya desde su vertiginoso prólogo de fuentes tan clásicas y reconocibles como Centauros del desierto, el mayor mérito de Cooley está sin duda en imprimir un ritmo endiablado a la narración a lo largo de sus 100 minutos. Como si de una montaña rusa se tratara, la cinta cuenta con sus momentos introspectivos, hábilmente diseminados por el metraje de tal forma que el espectador pueda recuperar el resuello. Por suerte no estamos hablando de una película de animación alocada, en la que la acumulación de situaciones trata de enmascarar una historia infantiloide. Más bien, al contrario. Los asuntos que aborda Toy Story 4 la alejan de ser un filme dirigido ‘exclusivamente’ al público infantil. Y lo hace sin tomarse a sí misma demasiado en serio, ni tampoco queriendo impresionar al espectador con sesudas reflexiones (que las hay).

Es en este equilibrio narrativo donde la película juega sus mejores bazas. Al prodigio técnico ya reseñado le acompaña una buena dosis de humor inteligente, feminismo, conciencia ecologista, valores irrenunciables como la amistad —pero también la importancia del desarrollo personal— junto con la habitual colección de easter eggs que hará las delicias de los seguidores acérrimos de la saga. Son estos guiños a los espectadores junto a su icónica banda sonora los elementos que establecen ese cordón umbilical entre las distintas partes de la franquicia, pero sin duda esta cuarta entrega es la más madura en sus planteamientos (saber decir adiós, avanzar, crecer) y abre la puerta a un sinfín de posibilidades narrativas apoyadas en los impresionantes avances que la animación de Pixar ha alcanzado en estos años. Un último consejo para los espectadores despistados: no abandonen la sala de proyección hasta el final de los créditos. Además de utilizar esos minutos para disimular la congoja, lo agradecerán.

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