La virgen de agosto

La virgen de agosto

La virgen de agostoPocos realizadores han gozado en el reciente cine español de las oportunidades y el respaldo de la crítica como Jonás Trueba. En La virgen de agosto, su quinto largometraje en nueve años, Trueba repite la propuesta de rodar una historia estival casi improvisada al estilo de Los exiliados románticos (2015), aunque ahora en lugar de tratarse de una road movie elige la canícula capitalina como escenario de las ‘aventuras’ de Eva, su improbable protagonista encarnada por la actriz y coguionista Itsaso Arana. A lo largo de dos interminables horas, el espectador asiste a un intento de ejercicio rohmeriano en el que Eva pasa la primera quincena de agosto de 2018 en una casa prestada en la zona del Rastro con Embajadores dedicada a la vida contemplativa. Esto es: visitar museos, salir de cañas, bañarse en el río Manzanares, ver Amanecer, de Murnau, practicar reiki, ir a la verbena y asistir a un concierto de Soleá Morente. Todo ello sin reparar en asuntos mundanos como de dónde sale el dinero para pagarse su dolce far niente y a golpe de presunta improvisación actoral que termina por sonrojar al espectador. Y lo que es peor, con un trasfondo tan evidente y desprovisto de intención artística —el propio título— que es capaz de irritar al más pintado. Nada en esta película funciona. El guion no es tal, sino una sucesión de ‘escenitas’ que buscan hacer avanzar la acción (¿?), pero que a medida que pasan los días se tornan desesperantes. Quizá el mayor error de la película esté en la incapacidad de su protagonista femenina de transmitir un ápice de verdad en ninguna de sus intervenciones. Da igual quién sea su partenaire, la química es inexistente. Los diálogos, de puro insustanciales y repletos de clichés, no pasarían el corte de cualquier escuela de cine y flaco favor se le hace a causas tan necesarias en nuestro país como el feminismo cuando se abordan desde una perspectiva acomodada y carente de realismo.

En cambio, sí cabe destacar la solvencia interpretativa de Isabelle Stoffel (Olga), una de las habituales en el cine de Trueba, al igual que Arana o Vito Sanz (Agostino), y la frescura del debutante Luis Heras (Luis). Quizá los únicos minutos en los que esta nadería se torna tolerable son aquellos en los que están en pantalla el propio Luis y Joe Manjón (Joe), aunque toda la presunta profundidad y enjundia que el tándem director-protagonista pretenden insuflar a una historia recubierta de falsa ligereza la convierte en plúmbea y soporífera. A medida que uno como espectador colecciona decepciones (dicen que no hay quinto malo) con el cine de Jonás Trueba no le queda otra que coincidir con todos aquellos detractores que ya le recordaban en sus (ahora no tan) prometedores inicios que el talento no se hereda.

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