Ad Astra

Hacia las estrellas
Hacia las estrellas
★★★★☆

A la gloria por el sufrimiento. Eso significa el latinajo per aspera ad astra que ilustra a la perfección el sentido primigenio detrás de esta aventura espacial con la que el cineasta James Gray realiza su particular revisión del clásico literario de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas. De esta suerte, nos encontramos más ante una odisea interior que ante una revisión de la que Kubrick situó en el espacio. Porque pese a las concomitancias formales y estilísticas elegidas por el realizador neoyorquino, con Ad Astra conviene no dejarse engañar por las apariencias. Algo a lo que al parecer han apostado desde la distribuidora española con su decisión de retocar el cartel publicitario añadiendo color y diversos elementos que le aporten dinamismo más allá de la estoica expresión de Brad Pitt que ilustra el poster original. Pese a lo que pudiera parecer, el peregrinaje espacial del comandante Roy McBride (magnífico Pitt) es más un pretexto formal que una película de género. Gray junto al guionista Ethan Gross (Fringe) disemina a lo largo de las dos horas de metraje multitud de referencias pertinentes acerca del rumbo de la humanidad. Ambientada en un futuro cercano y repleta de elementos retrofuturistas que le otorgan un halo de mayor verismo, la película pone sobre la mesa asuntos como la pertinencia de la carrera espacial, el machismo, la violencia, la pérdida de la identidad y, en última instancia, la necesaria realización personal más allá de la esclavitud laboral socialmente aceptada.

Rodada con un gusto exquisito en lo formal y abundancia de primerísimos planos, el arranque de la película nos sitúa de manera inequívoca ante los demonios que atormentan al estoico astronauta que encarna Pitt. La voz en off que guía el relato ayuda asimismo al espectador a compartir sus temores y sus dudas. Detrás de esa apariencia de control absoluto, de ausencia de emociones que caracteriza a McBride es fácil ver el reflejo de esta sociedad aséptica y apática que nos devora. Del mismo modo que la omnipresente prevalencia masculina solo hace que constatar la deshumanización de nuestra especie, empeñada en seguir colonizando mundos y convertirlos en parques temáticos al alcance de unos privilegiados. Los contados episodios de violencia explícita que se muestran en pantalla lo hacen —no por casualidad— bien en ausencia de gravedad (la estación espacial Noruega) o rodeados de un silencio atronador (los piratas lunares). La tendencia histórica de nuestra humanidad a embarcarse en la búsqueda de respuesta más allá de los límites conocidos contrasta con ese aislamiento voluntario, casi asocial, que encarna Pitt. Tan solo sus breves encuentros con el coronel Pruitt (Donald Sutherland) y la marciana Helen Lantos (una Ruth Negga harto desaprovechada) parecen otorgarle cierta humanidad a un protagonista ‘diseñado’ para acatar órdenes y encajar en el sistema que controla SpaceCom. La ya habitual megacorporación que rige los destinos de la humanidad en toda fábula distópica que se precie también posee su pertinente cuota de cadáveres en el armario, aquí representada por el Proyecto Lima y todas las implicaciones del mismo sobre la familia McBride. Cinta reflexiva y profunda, aunque revestida de una apariencia bastante más simple que lo que desvela una reflexión posterior a su visionado, son estas múltiples capas no tan evidentes las que confieren ese aire de rara avis dentro del género a Ad Astra.

Ya han pasado 25 años desde su prometedor debut (la injustamente olvidada Little Odessa) y James Gray sigue empeñado en escudriñar en la psique de sus protagonistas. Aunque quizá no tanto en desentrañar esos grandes dilemas que nos atormentan en nuestro día a día, sino más bien dejar constancia fílmica de su existencia y cómo esta nos afecta y condiciona nuestro deambular por el mundo. Algo que, una vez más aborda sin tapujos de nuevo en esta cinta de ciencia ficción a la que decide vestir con una suntuosa producción artística que abarca desde la poderosa fotografía de Hoyte Van Hoytema a la efectiva banda sonora por la que se cuelan melodías de Max Richter, Lorne Balfe y Nils Frahm. Por la cinta también se pasean nombres rutilantes como los de Tommy Lee Jones y Liv Tyler e incluso la televisiva Natasha Lyonne realiza un celebrado cameo.

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