Joker

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★☆☆☆☆

Una línea de diálogo pronunciada por Alfred Pennyworth, el atento mayordomo del señorito Bruce, en El caballero oscuro le sirve como excusa argumental al realizador Todd Phillips y su coguionista Scott Silver para armar toda una película alrededor del tour de force interpretativo de Joaquin Phoenix. Algunos hombres solo quieren ver el mundo arder, sentencia Michael Caine con toda la flema que es capaz de destilar en su soliloquio. Una afirmación que por sí sola trata de justificar el cuestionable ejercicio de estilo que el director de Viaje de pirados o Resacón en Las Vegas intenta vendernos en Joker a lo largo de dos horas de metraje. Quizá esto sea lo más molesto de todo. La sensación de que uno ha asistido a una broma (pesada) en la que el chiste se cuenta sola y la única forma de pillarlo es renunciar a cualquier juicio crítico más allá de rendirse ante una desbordante interpretación incapaz de salvar por sí sola todos los defectos que salpican una cinta, capaz de desarbolar a su propio director.

Presentada como una suerte de pomposo ejercicio de estilo con estética retro ochentera y apostándolo todo a la transformación física del intérprete puertorriqueño, la película posee varias partes bien diferenciadas que tratan de encajar como un puzzle en la presunta trama psicológica que ejerce de trasunto, argumento e incluso justificación del carácter psicópata de Arthur Fleck. El desquiciado villano nicotínico que Phoenix trata de convertir en figura de culto y símbolo nihilista de la despersonalización a la que nos aboca esta sociedad consumista en que vivimos. Todo ello, con las reservas propias de quien se enfrenta a un producto que repite uno tras otro docenas de clichés ya vistos en trabajos de cineastas respetados como Brian de Palma, Martin Scorsese, Quentin Tarantino o Alex Proyas.

El homenaje/plagio a Scorsese es quizá el más palmario, con un Robert de Niro imitando en su Murray Franklin a Jay Leno en ese Tonight Show que es a la vez un trasunto de El rey de la comedia y Network, un mundo implacable (Sidney Lumet ); y, a su vez, con Phoenix mimetizando a Travis Bickle en Taxi Driver. Todo son referencias y metarreferencias (Blow Up y El zorro rosa en el cine del que salen los Wayne) que buscan otorgarle una solemnidad inexistente a un producto prefabricado que —como ocurre con las series de Netflix y similares— recurre al Big Data para diseminar easter eggs a lo largo del interminable metraje. Todo ello carente de sentido, sin ninguna coartada psicológica, más agujeros de guion que un queso emmental y una lastimosa simplificación de las enfermedades mentales al servicio de una historia comiquera con ínfulas.

Este irrisorio corta y pega sinsentido nos deja a un actor principal abandonado a la suerte de su histrionismo desmedido y un incuestionable sacrificio físico —curiosamente, repetido por Christian Bale dos veces en El maquinista y The Fighter— para dar vida a un personaje que es incapaz de escapar de la sombra de Heath Ledger. De nada sirven los fútiles intentos de reinventar su pasado, ni querer disfrazar de angustia existencial la carencia de ideas y un guion infantiloide. Porque, digámoslo claro, cualquier espectador que no haya estado recluido en un monasterio cartujo o desterrado en una isla desierta es capaz de destripar los pretendidamente novedosos giros de guion (¿?) de una película tan innecesariamente pomposa como vacua.

Algo que se comienza a intuir en los dos primeros actos —se disimula en su arranque—, pero que en su desenlace apuesta por abjurar voluntariamente de la cuidada producción, la vibrante fotografía de Lawrence Sher y un score más que aceptable de la islandesa Hildur Guðnadóttir en favor de un estilo videoclipero, con abundancia de canciones sobre secuencias rodadas a cámara lenta y planos que sólo desean epatar mientras vemos el mundo arder rodeados de máscaras de payaso. Y todo para renunciar en un último momento y, asustado de su propia creación, filmar ese sonrojante epílogo hitchcockiano.

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