Jojo Rabbit

Jojo Rabbit
★★★☆☆

La utilización de la figura de Adolf Hitler como elemento subversivo en una película quizá impactara a los espectadores que a principios de los 40’s acudieron a ver Ser o no ser, de Ernst Lubitsch. Su inesperada incursión en el musical de Mel Brooks, Los productores tal vez también pillara por sorpresa al público de finales de los 60’s. Hoy en día, y en el caso concreto de Jojo Rabbit, la película que nos ocupa, dicho recurso puede verse más como un intento de generar un debate ajeno a la propia obra cinematográfica que como una decisión creativa más o menos acertada de su director y guionista, Taika Waititi. El cineasta neozelandés, que además se reserva el papel del genocida en el filme, adapta libremente la novela de la estadounidense Christine Leunens, El cielo enjaulado desde una perspectiva satírica, que le permite ridiculizar el nazismo, pero sin perder nunca de vista el dramatismo que subyace en el sustrato literario. Es esta evidente dualidad la que termina por lastrar y plagar de inconsistencias una cinta que lejos de dividir a la audiencia corre siempre el riesgo de convertirse en un pasatiempo intrascendente.

Las desventuras del pequeño Johannes ‘Jojo’ Betzler (Roman Griffin Davis) se nos presentan en el primer acto como si de una disparatada sátira ambientada en un campamento de las juventudes hitlerianas rodado por Wes Anderson se tratara. La relación entre el niño y su idolatrado mejor amigo imaginario polariza un arranque en el que el fanatismo se nos muestra como una lacra en un mundo gobernado por el odio y la sinrazón.

Apoyado en el vivaz score de Michael Giacchino y en la colorista fotografía de Mihai Malaimare Jr. el director integra los dos mundos que conviven en la mente de su joven protagonista al tiempo que nos presenta todas las realidades a las que Jojo debe enfrentarse en su día a día. Especialmente su ámbito familiar. La relación con su madre Rosie (Scarlett Johansson) centra el segundo acto de una película que abandona progresivamente la burla para convertirse en un relato de crecimiento personal en el que el amor debe vencer al odio xenófobo. Este coming of age romántico gana en lo interpretativo gracias a la presencia de las dos figuras femeninas que terminarán por marcar a Jojo: Scarlett Johansson y Thomasin McKenzie (No dejes rastro), pero al mismo tiempo la película comienza a perder entidad e identidad, virando hacia un relato mucho más clásico y previsible con el Holocausto como trasfondo. La apuesta por el drama afecta en último término al tono del filme en su conjunto: la fotografía adopta tonos más fríos y, pese a que aquí se encuentran los instantes con mayor carga poética (esos planos de los tejados abuhardillados), también pervive un molesto tufillo a impostura. Una afectación buscada tanto para conmover al espectador como para redimir a alguna que otra cara conocida presente en el reparto y que se termina de concretar con la elección del cierre musical que antecede a los créditos finales.

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