Ema

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★★★★★

Viernes, 8 de mayo de 2020. Era inevitable que en mitad del confinamiento alguna película lograra arrastrarme delante del portátil para que mis dedos galopasen de nuevo sobre las teclas, presos de esa furia refulgente que nos posee cuando asistimos a cualquier espectáculo que nos conmueve. Ema, la octava película del chileno Pablo Larraín, ha sido la culpable. Guilty pleasure en toda regla cuyo único pero es no haber podido disfrutarla en una sala de cine por culpa de este maldito virus que nos acecha. Historia arriesgada tanto en lo formal como en lo argumental que supone el proyecto quizá más personal —e imprevisible— en la fulgurante carrera del cineasta chileno. Nada podía presagiar que su siguiente proyecto, tras el salto a la Meca del cine con Jackie, fuera esta lúcida apología del reguetón rodada entre agosto y septiembre de 2018 en Valparaíso.

Larraín se apoya en el magnífico trabajo actoral de la magnética Mariana Di Girolamo para erigir un prodigioso relato feminista cimentado en la urgencia de lo cotidiano, la calle, el baile… Todo ello impregnado de la viscosa sexualidad que exuda un género tan vilipendiado como simbólico. «El reguetón es la vida y yo te la bailo. Es un orgasmo y yo lo puedo bailar», asevera una de sus protagonistas en un momento del filme. Bailarinas como Ema, quien vampiriza todo lo que toca hasta hacerlo arder ante nuestros ojos. La mirada cómplice del espectador subyugado ante un sol termonuclear que provoca incendios espontáneos. El tremendo rompecabezas argumental que supone la primera hora de película logra ordenarse en su segunda parte a partir de una narración más reposada, menos visceral. Aunque en esta parte del metraje el cineasta opte por ofrecer algunas concesiones, eso no significa que nuestra atención decaiga. Al contrario, las pinceladas de poesía engranan a la perfección con la estética urbana, descarnada, dotando al conjunto de una profundidad que supera posibles imposturas. La reivindicación de este feminismo combativo, en ocasiones nihilista, se apoya de manera decisiva en las presuntas señas de identidad reguetoneras. Larraín, como su protagonista, se libera en el rush final —el rompecabezas no era tal— sin traicionar ninguno de sus principios para resultar más accesible al gran público. Puedes odiarla o amarla, pero Ema no te deja indiferente.

Apoyado en la sobresaliente fotografía de su habitual colaborador Sergio Armstrong, Larraín nos deja en Ema un buen puñado de imágenes icónicas. Esos planos nocturnos del final del verano en Valparaíso, con las calles ardiendo —no solo metafóricamente— contrastan con la aparente languidez de las secuencias matutinas, marcando de forma deliberada una diferencia entre los personajes y sus motivaciones. El duelo interpretativo entre Mariana Di Girolamo y Gael García Bernal se construyó a partir de diálogos improvisados, la mayoría de ellos plagados de violencia soterrada y una opresión constante. La banda sonora cuenta con tres composiciones ex profeso que contribuyen al ‘perreo’ y por el minimalista score del compositor neoyorquino de ascendencia chilena Nicolas Jaar se cuelan a lo largo del metraje los trinos de multitud de aves que nos recuerdan constantemente esa ansiada libertad (generacional) por la que lucha Ema.

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