Supongamos que es una declaración de amor

Pretend It's a City
★★★★☆

A finales de los 90, el músico uruguayo Andrés Calo (Montevideo, 1960) era una figura reconocida en España como músico de sesión para cantautores de la talla de Ismael Serrano y Pedro Guerra. Él mismo, además de un soberbio guitarrista, destacaba como cantante (una decena de álbumes así lo atestiguan) y contador de historias en las distancias cortas. Así fue como lo descubrí en mi ciudad natal, un jueves cualquiera. Cuando en las ciudades los bares estaban abiertos y se podía acudir a conciertos casi a diario. Raúl, un compañero (y amigo) del grupo de teatro universitario en el que militábamos nos empujó a unos cuantos a verle completamente a ciegas. Allí nos juntamos, entre humo y cervezas, Sasi, Lidia, Pablo, Reme, María… Digamos que los habituales en este tipo de correrías. Recuerdo perfectamente esta noche porque el tal Calo nos embrujó durante un par de horas en ‘La buhardilla’, que así se llamaba el bar en cuestión. Raúl salió de allí con su cd bajo el brazo y esa contagiosa mirada centelleante que se le ponía cuando algo le removía por dentro. A la semana, algunos ya nos sabíamos aquel cd de cabo a rabo. De entre todas aquellas canciones, aún hoy recuerdo una: Las ciudades son libros, original del también uruguayo Quintín Cabrera, y que reza en su estribillo: las ciudades son libros, que se leen con los pies. 

La anécdota viene al caso tras haber disfrutado en apenas dos días de una febril maratón de la serie de Netflix Supongamos que Nueva York es una ciudad (Pretend It’s a City). A medio camino entre el documental y la hagiografía, el cineasta Martin Scorsese entrevista a su amiga, la escritora Fran Lebowitz, al tiempo que ambos repasan los últimos cincuenta años de historia de La Gran Manzana. La serie nos descubre a una mujer singular, epítome de la intelectualidad neoyorquina, ávida paseante, lenguaraz analista, conversadora infatigable, voraz devoradora de libros, adicta al tabaco y dueña de un humor cáustico. Sus opiniones vertebran los siete episodios que conforman esta serie, que también nos revela a un jocoso Scorsese, encantado de mostrar al mundo todo el ingenio que atesora su querida amiga. Pero como sucede en cualquier obra ambientada en Nueva York, irremediablemente la ciudad que nunca duerme termina erigiéndose en la verdadera protagonista. Así ocurre también aquí. La cámara nerviosa de Scorsese persigue el deambular de la escritora por Manhattan y nos revela estampas desconocidas de la metrópolis. Cafés, museos, librerías, bibliotecas, estaciones de tren, empinados rascacielos… El mejor decorado imaginable para contar la historia de una superviviente. De uno de los escasos símbolos del hervidero cultural que la ciudad fue y aún conserva. Bien es cierto que el documental apenas nos permite rascar en la superficie de una alambicada personalidad, celosa de su intimidad y sus preciados recuerdos. Sin embargo, Scorsese es lo suficientemente hábil como para desarmarla ante la cámara. Despojarla de su armadura de indiferencia snob y descubrir a la cronista inquieta de verbo fácil y exclusivas amistades. Actores, músicos, diseñadores, deportistas, escritores. El recorrido es inabarcable. A cada nuevo descubrimiento le sigue otro quizá tan improbable. Entre todas las piezas apenas acertamos a esbozar el perfil de un personaje excéntrico, polifacético y magnético. Y, sin embargo, apuramos cada capítulo hasta el final ansiosos por llegar al siguiente con el ansia del fumador empedernido.

El montaje vertiginoso es digno heredero del cine de Scorsese y hace que los siete episodios que conforman el documental discurran a la misma velocidad que lo hace el verborreico discurso de su protagonista. La complicidad entre Franny y Marty delante y detrás de las cámaras consigue convertir un relato tan aparentemente local y ombliguista en una suerte de retrato generacional que aúna ternura y mala baba. Todo muy neoyorquino. O mejor dicho, muy universal. Una delicia que mitiga el síndrome de abstinencia de los wanderlust y nos devuelve una versión dulcificada del Scorsese que revolucionó el panorama cinematográfico con su visión descarnada de las calles de Nueva York. La mirada de Scorsese se vuelve amable y estilizada en contraposición al estilo hosco y cascarrabias de su amiga del alma en este sorprendente paseo literario que no puede verse más que como un homenaje y una declaración de amor a ambas (escritora y ciudad).

Puntuación: 4 de 5.

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