Judas y el mesías negro

★★★☆☆

Apoyada en una estructura clásica y con un ritmo de narración vigoroso, el realizador Shaka King nos cuenta una poderosa historia real acerca del racismo y los crímenes de Estado. La relación entre Fred Hampton, líder de los Panteras Negras en Chicago, y Bill O’Neal, un don nadie que llegó a jefe de seguridad de la organización paramilitar, enmarca un relato racial que ejerce de radiografía política de una sociedad, la norteamericana, que lleva más de medio siglo tratando de restañar sus heridas. Las cicatrices siguen supurando, tal como pudimos comprobar en 2020 tras el asesinato de George Floyd y todas las revueltas sociales que fueron reprimidas con dureza en todo el país. El convulso clima político certifica la pertinencia del testimonio fílmico; sin embargo, el verdadero mérito de la película no está en lo que se cuenta —por desgracia hace años que nos inmunizaron ante las desigualdades— sino en cómo se cuenta. Y para ello, el cineasta neoyorquino se apoya en dos magníficas interpretaciones: las que llevan a cabo LaKeith Stanfield y Daniel Kaluuya. Especialmente este último. El actor londinense logra bordar un papel para nada sencillo y dotarlo de una impronta inolvidable. La secuencia del discurso a mitad de película, además de estar rodada de manera impecable, es uno de los hitos del cine político de los últimos 30 años gracias a su interpretación.

En cambio, Stanfield, pese a contar con un personaje a priori mucho más agradecido por la cantidad de matices que puede adquirir a lo largo del metraje acaba en ocasiones eclipsado por la fuerza en pantalla de Kaluuya y otras abusa, quizá en exceso, de determinados tics que no hacen sino subrayar aspectos más que evidentes. Son estos molestos subrayados los que restan fuerza al relato en su totalidad. Una película de corte clásico muy correctamente rodada y que consigue redondear su propósito a lo largo de los 126 minutos de metraje. Sin embargo, se echa en falta quizá un poco más de sentido del riesgo por parte del realizador. Los filmes de infiltrados ya están muy trillados para el espectador medio y pese al excelente trabajo de secundarias como Dominique Fishback o Dominique Thorne sus papeles quedan relegados poco más que a la mera excusa argumental.

Es de agradecer el mimo que se ha puesto especialmente en la ambientación sonora, con un score que puntea el espíritu indomable del Black Power al que la cinta alude y rinde un agridulce homenaje. También es digno de encomio el acertado uso de los recursos fílmicos de archivo, que lejos de querer imprimir una trascendencia al film más allá de lo rodado terminan por proporcionar una molesta incomodidad en el inadvertido espectador.

Puntuación: 3 de 5.

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