El padre (The Father)

The Father
The Father
★★★★★

Existen películas que una vez vistas duele volver sobre ellas. Su recuerdo —irónicamente— no hace sino engrandecer lo ya visto y sentido. Conviene, entonces, dejar que asienten y creen un poso; y que ese sedimento sea lo que acabe por determinar la verdadera esencia de aquello que vimos (que vivimos) presa de la conmoción e incapaces de procesar en toda su magnitud una vez que comienzan a rodar los títulos de crédito. Esto sucede muy de vez en cuando. Quizá las últimas veces fue con Amor y Lazzaro feliz. Devastadoras cada una de ellas en su particular forma de narrar. En la sutil y dolorosa manera de embarcar al espectador en un viaje transformador. Algo así, aunque de una manera aún más arrasadora, sucede con El padre, la ópera prima cinematográfica del celebrado dramaturgo galo Florian Zeller, que supone la adaptación de su obra homónima de 2012.

Narrada de manera muy inteligente y exprimiendo al máximo los recursos fílmicos para superar su sustrato teatral, la película cuenta como innegables bazas con dos interpretaciones soberbias, que nos regalan Anthony Hopkins y Olivia Colman. El trabajo del actor galés es una inolvidable clase magistral alejada de artificios y capaz de emocionar hasta el hipo. Colman no se queda atrás, sin embargo hay que reconocer que la cinta (al igual que la obra que la inspira) es un vehículo de lucimiento actoral para el protagonista masculino, donde resulta muy complicado ‘robar’ planos. Sin embargo, Colman es suficientemente buena actriz para lograrlo. Desde su capacidad para transmitir emociones mediante su forma de andar, bien a plena luz del día o en la sombría oscuridad de un pasillo doméstico, hasta su desarmante facilidad para llorar hasta conseguir que se nos encoja el alma. La contención de ambos intérpretes, unida a la solvencia del resto del escueto casting, contribuye a que el espectador logre embarcarse en una suerte de falso thriller en el que acompañamos al protagonista tratando de desentrañar la pregunta más dolorosa a la que el ser humano quizá deba enfrentarse a lo largo de su existencia.

Filme construido a partir de la sutileza de los detalles (el simbólico reloj). Narrado con gusto exquisito y haciendo un uso muy pertinente de la iluminación, decorados y vestuario para acentuar la maraña de sentimientos que atormentan a nuestros protagonistas, pero, al tiempo, huyendo —en el guion que firman a cuatro manos el propio Zeller y Christopher Hampton— de subrayados innecesarios que solo harían que incomodar a un espectador sabedor del drama final, pero al que a medida que avanza el metraje deja de importarle tanto el qué para centrarse en el cómo. Que olvida (¡perdón!) por momentos que se encuentra en una sala de cine y hace suya esa tragedia familiar punteada por la operística banda sonora por la que se cuelan composiciones de Ludovico Einaudi y David Menke.

Apunte para cinéfilos curiosos: los cuadros que aparecen en distintos momentos de la cinta son ‘Enfance’, de Philippe Vasseur; ‘Portrait of a Boy’, de Jason Line; e ‘Industrial’ y ‘Landscapes’, de Desmond Mac Mahon.

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