Summer of Soul

Summer of Soul

Para cualquier amante de la música que se precie existen pocas experiencias vitales que puedan compararse a la sensación de asistir a un concierto en vivo o a un festival multitudinario. Disfrutar de la libertad inmediata que proporciona la combinación de la música con los espacios abiertos, la felicidad que se respira, esa indescriptible comunión que público y artistas alcanzan en determinados momentos de sus actuaciones y cómo todo ello permanece impregnado más allá de las retinas, para pasar a formar parte de nuestra propia alma. Algo que muchas personas extrañamos sobremanera durante el año del confinamiento y que poco a poco se irá recuperando gracias a las vacunas y la implementación de nuevas medidas de seguridad y/o distancia social. Aunque créanme que de esto último no estoy para nada seguro.

De lo que sí lo sigo estando es de la necesidad imperante de asistir a un festival, de perderme en mitad del gentío con un vaso de cerveza fría en la mano o de corear una canción tras otra hasta desgañitarme. Recuerdo que con el paso de los meses llegó un momento en que los recuerdos de innumerables conciertos y festivales a los que he asistido a lo largo de los últimos 20 años se agolpaban en mi memoria a modo de fogonazos intermitentes, que llegaron a hacerme dudar de si todo aquello fue real o lo había soñado. Muchos hemos vivido los primeros meses de 2021 con la esperanza de que si no ya toda. sí una parte de aquello que perdimos en lo musical retornara con la llegada del verano, pero por desgracia —y salvo alguna que otra arriesgada excepción— el grueso del plantel festivalero tendrá que esperar a 2022 para reencontrarse con su público. Una de esas citas por excelencia anunció hace unos meses su intención de duplicar su duración y extenderse no sólo en días sino también en espacios urbanos por toda la Ciudad Condal. Hubo quien tildó la iniciativa de rompedora y novedosa. Nada más lejos de la realidad. Pero, ¿quién podría recordar que ya en el verano de 1969 se celebró un festival de música gratuito en pleno corazón de Harlem al que asistieron más de 300.000 personas y que se extendió entre los meses de junio y agosto cuando los registros audiovisuales permanecieron ocultos casi 50 años?

El Harlem Cultural Festival acabó eclipsado por Woodstock y no precisamente por el escaso renombre de los artistas que acudieron cada domingo a su cita en el Mount Morris Park durante seis semanas. Stevie Wonder, Nina Simone, B. B. King, Mahalia Jackson, Sly & The Family Stone, The Fifth Dimension, Ray Barretto, The Staples Singers… y así una amplia nómina de artistas reclutados por el cantante y promotor musical Tony Lawrence, capaz de embaucar al mismísimo alcalde de Nueva York, el liberal republicano John Lindsay, para patrocinar el evento y que el público asistente pudiera disfrutarlo gratis. Quizá estos fueron los condicionantes que sepultaron en el olvido al festival neoyorquino. Ser un evento cultural dirigido y protagonizado por la comunidad afroamericana y servir, asimismo, de reivindicación de los derechos sociales de la población negra —aunque no solo— que habitaba un barrio con alarmantes cifras de pobreza, delincuencia y drogadicción entre sus vecinos.

Pero, sin obviar la parte política de todo ello y respondiendo a la pregunta planteada un párrafo más arriba, quienes pudieron recordar todo lo sucedido durante seis fines de semana en el corazón de Harlem fueron tanto los músicos que formaron parte de aquel cartel, como los cientos de miles de asistentes. Es a través de sus ojos como nosotros, ávidos espectadores, también aguantamos la respiración al descubrir lo que sucedió sobre aquel escenario gracias a Summer of Soul (…Or, When the Revolution Could Not Be Televised), el documental que supone el debut en la dirección de Ahmir ‘Questlove’ Thompson, batería de The Roots, compositor, disc jockey, afamado melómano y periodista musical.

Gracias a una encomiable labor de restauración del material audiovisual existente, grabado por el productor Hal Tulchin y nunca antes visto salvo en unos especiales que emitió el canal 5 únicamente para los habitantes de Nueva York, Thompson encadena una nutrida selección de las actuaciones que tuvieron lugar en el festival con imágenes de archivo de la época y testimonios de artistas, asistentes y rostros significativos para comprender la envergadura de aquella celebración cultural que devino en reivindicación política, social y racial. Gracias a una soberbia edición, el documental es una auténtica delicia para los sentidos. Los amantes de la música disfrutarán de instantes únicos —Stevie Wonder, a la batería—, intercalados con recuerdos y reflexiones de un buen puñado de aquellos artistas; pero el filme también funciona como pertinente radiografía socio-política de la época, con un joven reverendo Jessie Jackson dirigiéndose a la multitud, recordando emocionado los últimos minutos de vida de Martin Luther King o con la plana mayor de los Panteras Negras al cargo de la seguridad del festival, por delante de la policía de Nueva York. Todo ello, durante el verano en que el hombre (blanco) llegó a la luna. Y no conviene tampoco perderse las opiniones de los asistentes al ser preguntados por los reporteros televisivos al respecto.

Casi dos horas que se pasan en un suspiro y suponen un revelador documento histórico que finalmente hace justicia a la labor de los promotores de la época y que, visto ahora con medio siglo de distancia, nos sitúa ante no pocas encrucijadas morales, que inciden en la importancia de acabar con las desigualdades sociales y defender la identidad cultural de cientos de miles —millones— de ciudadanos de segunda. Y, sobre todo, ejerce de imborrable homenaje a la memoria visual y emocional de quienes asistieron a aquella explosión multicultural con unos ojos que por primera vez creyeron vislumbrar un futuro luminoso más allá de las calles de su barrio. Para ellos también es el recordatorio imborrable de que aquello no fue un sueño.

Puntuación: 5 de 5.

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