Annette

Annette
★★★★☆

El ansiado proyecto de los hermanos Mael, Ron y Russell, integrantes del dúo Sparks, de llevar a escena una ópera-rock junto a la soprano Rebecca Sjöwall se topó hace unos años con el cineasta francés Leos Carax. De la colaboración entre estos inclasificables creadores surge Annette, un musical excesivo y oscuro, con esos arranques de humor absurdo tan propios de los Sparks, pero también una audaz e incómoda denuncia de la masculinidad tóxica y los progenitores narcisistas, fait à Leos Carax. Película difícil de clasificar, salpicada de instantes geniales que conviven con otros bastante redundantes, Annette es uno de esos artificios artísticos a los que el espectador conviene aproximarse sabedor de todo cuanto puede esperar y, al mismo tiempo, preparado para que nada de eso suceda.

La declaración de intenciones del cineasta galo se explicita desde el propio arranque del filme, justo antes del virtuoso plano secuencia que introduce el primer número musical, en una suerte de arriesgado ejercicio metalingúistico. En ese instante, el espectador ya conoce lo que se le va a presentar a lo largo de las más de dos horas siguientes y, sin embargo, no dispone de ninguna pista para atisbarlo. Porque, como ya desvelaba el personaje de Michael Caine en aquella película de Christopher Nolan, «todo efecto mágico consta de un tercer acto, la parte más complicada de este acto es el prestigio» y aquí es donde Carax logra la excelencia narrativa de Annette. Todos los elementos estaban allí desde el principio, solo que no lo vimos. O no quisimos verlo. Preferimos rendirnos a la maestría del realizador. El plano secuencia, el elenco paseando por el bulevar de Santa Mónica… Pidiéndonos permiso para empezar, cuando todo ya había comenzado antes. En concreto, nueve años atrás, con Holy Motors. Pero no desvelemos el truco tan pronto.

Al contrario de lo que se podría pensar en un principio, la protagonista de Annette no es la niña que da nombre al filme, sino su padre: Henry McHenry. Arquetipo de la estrella maleducada y esquiva con los medios que Adam Driver se ha empeñado en alimentar a lo largo de los años, este ‘Simio de Dios’ es un monologuista de éxito que fuma y come plátanos mientras se pelea entre bambalinas con su sombra pugilística. Toda la masculinidad frágil y repulsiva que exuda Driver en su actuación de cara al público se torna pasión y ruda delicadeza para con su pareja, la prima donna francesa Ann Defrasnoux (Marion Cotillard); a la que uno nunca termina de saber si Henry ama o envidia. Del mismo modo que nunca llegamos a descubrir si Ann lo teme o idolatra. Este amor loco se ve punteado por las canciones que lejos de ensalzarlo lo ridiculizan hasta el punto de que nos cuestionemos en qué se han convertido hoy en día nuestras propias relaciones. El fruto de este amour fou es, ahora sí, Annette, una niña sobre la que sus progenitores proyectarán sus ansias y deseos ocultos. Como bien encierran su nombre y su aspecto físico.

El triángulo sentimental de este melodrama operístico lo completa el pianista y director de orquesta (Simon Helberg) que acompañó a Ann durante su carrera. La presentación de este personaje por parte de Carax, con esa cámara rodando en un plano circular en mitad de un ensayo es simplemente magistral. Su aparición precipita todo el drama de un previsible tercer acto en el que asistimos al ascenso y caída del ego narcisista. Pero también a la constatación de que la masculinidad tóxica lo impregna todo, al cuestionamiento de movimientos sociopolíticos como el feminismo en un sociedad tal como la nuestra, progresivamente idiotizada hasta límites insospechados. Aquí es donde Carax se enfanga más de lo deseado, aunque bien es cierto que los últimos quince minutos del filme (que no revelaremos aquí) le sirven para redimirse por completo. No solo salvando la película, sino utilizando un proyecto ajeno (el libreto de los Mael) como pretexto para realizar un acto de contrición fílmico.

Primero, gracias a la transformación física de Driver en un trasunto del realizador mismo (para quien echara en falta aquí a su alter ego, Denis Lavant) y finalmente para terminar, ya en los créditos, dedicando la cinta a su hija Nastya, a la que hizo debutar en el cine con solo siete años, en su anterior película, Holy Motors. Como dijimos al principio, el truco estuvo siempre ante nuestros ojos. Solo que no quisimos verlo, Ahora toca mirarnos a nosotros mismos y descubrir hasta qué punto esta película nos ha revuelto por dentro o no hemos entendido nada. En cualquier caso, tanto el cineasta como los músicos han logrado su propósito.

Puntuación: 4 de 5.

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