El caballero verde

El caballero verde
★★★★☆

Una resacosa tarde de domingo, hace ya diecisiete años, quien esto escribe sesteaba mientras en el televisor un desnortado Hugh Jackman con melena y sombrerazo se dedicaba a cazar monstruos (sic) en ese engendro perpetrado por Stephen Sommers que lleva por título Van Helsing. Recuerdo que mi yo de 2004 se preguntaba, entre cabezada y cabezada, qué sería de las generaciones venideras si todo lo que quedase en la memoria colectiva del mito de Drácula, los vampiros, hombres lobo o la mismísima criatura del doctor Frankenstein fuera esta ‘película’. ¿Qué pasaría si desapareciesen las novelas de Stoker, Shelley, Poe, Lovecraft? Ni que decir tiene que la deriva que tomó el cine ya por aquellos entonces, optando por reformular y actualizar clásicos de la literatura y del fantástico rozando el paroxismo (Abraham Lincoln: Cazador de vampiros) ha situado ahora a Van Helsing como poco menos que una obra maestra y hace que la recordemos incluso con cariño. Pero, la pregunta sigue siendo pertinente: ¿Qué pasaría?

Algo así, sólo que con muchísima más inteligencia, clase y un tono casi reverencial, se pregunta el interesante y prolífico cineasta David Lowery en su reformulación y actualización del poema artúrico detrás de El caballero verde. Rodada con una apabullante clase (ingeniosos planos, fotografía exquisita, fascinante vestuario) y repleta de simbolismo, no solo en lo visual, sino también en lo argumental; podemos decir que El caballero verde es un fastuoso espectáculo que ofrece mucho (muchísimo) más de lo que promete, aunque para poder exprimir hasta la última gota de su preciado elixir, el espectador deberá prestar atención a todo cuanto aparece en pantalla.

Como si de una novela de caballerías se tratase, ya desde el propio arranque, la voz (¿voces?) en off que introduce la historia nos aventura un relato épico. No en vano, la historia que aquí se nos cuenta es una archiconocida dentro de la literatura anglosajona. Las cuitas de Sir Gawain y El caballero verde ejercen de lustrosa rúbrica al ciclo artúrico, glosando las hazañas del héroe y sus caballeros de la mesa redonda, entre los que se cuenta nuestro protagonista, Gawain. Sin embargo, y como pronto descubriremos, la intención de Lowery en este filme —en el que además de dirigir es autor del guion y montaje— no es la de embarcarnos en una recreación histórica de las gestas y canciones populares (para eso ya tenemos la excelente Excalibur, de John Boorman), no. La mera presentación del joven Gawain (Dev Patel) nos confirma que estamos ante una película totalmente diferente. Y, sin embargo, se muestra en todo momento tremendamente respetuosa con el sustrato literario que la alumbra. O eso creemos…

La dualidad impregna el film ya desde su vibrante inicio. El culmen del simbolismo lo alcanza el cineasta al dotar a su película de una estructura circular (en más de un sentido). Lo místico y lo profano cabalgan juntos en esta representación medieval de la eterna lucha de opuestos. Lúbrica carnalidad frente a espiritualidad enfermiza. Predestinación, libre albedrío, civilización, naturaleza… La vuelta a la pureza primigenia simbolizada en nuestra misma existencia. La mujer como dadora de vida y, aquí, verdadera artífice de todo cuanto acontece. Aunque quizá el brillo de las armaduras y los refulgentes filos del acero nos cieguen en un principio y no sepamos (o queramos) verlo. El duelo que da origen al poema épico en sí se nos presenta como un juego, aunque para el joven Gawain sea más bien un quebradero de cabeza.

Deslumbrante poema visual cargado de connotaciones feministas que ejerce de esperanzado canto a la libertad individual y la necesidad de no demonizar los fracasos, sino abrazarlos como parte del crecimiento personal, El caballero verde pone con sutileza e inteligencia sobre la mesa no pocos asuntos trascendentes. Y para ello se vale de los elementos inherentes a la historia medieval que transforma (y, a su vez, transformará a su protagonista). La asunción del derecho divino como germen de una endémica desigualdad social y cultural. La masculinidad nociva, que todo lo infecta y destruye. La razón frente a la superchería… Y así tantas ‘verdades’ que creíamos inmutables tan solo por formar parte de la ‘tradición’. La misma que la película, con no poca ironía, se encarga de desmontar a medida que avanza el metraje. Pregúntese el espectador tras ver el filme (importante no abandonar la sala antes de que finalicen los créditos) por qué los únicos personajes que saben leer y escribir son femeninos. Disfrute de la declaración de intenciones que el propio David Lowery realiza por boca de la dama que aparece en el tercer acto y su desarmante explicación acerca del color que tiñe al caballero antagonista.

Lowery rueda la partida del protagonista en busca de su destino con maestría, intercalando planos secuencia y encuadres imposibles con imágenes de gran belleza. Uno de los grandes logros de la película es su capacidad para sacar el máximo partido posible al lenguaje cinematográfico. El director decide dividir su relato en pasajes, a modo de capítulos de ese libro que se escribe a medida que la acción avanza, para acentuar todavía más su sustrato literario. Esta decisión, como más tarde descubriremos, sirve a su propósito de convertir al espectador en su aliado a la hora de ‘reescribir’ la historia a la perfección. Para ello, Lowery decide reflejar una realidad atemporal (la invisibilización de la mujer) presentando a todas sus protagonistas femeninas como verdaderas artífices de que la acción avance. Otra cosa será lo que cuenten los libros, parece recordarnos el cineasta en una suerte de ¿qué pasaría si? con carácter retroactivo.

Por si esto fuera poco, en su osadía Lowery inserta sutiles referencias a otros mitos y leyendas sajonas. El más que evidente guiño visual a Sleepy Hollow, la historia de Winifred; y los intercala con aportaciones apócrifas que sirven a su propósito argumental: el mago frente a la bruja, la caza del zorro (¿o zorra?), el insólito encuentro de Gawain al borde de una colina de camino al norte… Todo ello podría parecer que le sirve para dotar de mayor rigor o articular un discurso aún más purista si cabe dentro de la fiel adaptación del relato. En cambio, el realizador está planteándonos precisamente lo contrario. ¿Qué pasaría si nada de lo que creíamos verdad, lo fue? ¿Qué ocurriría si la historia, tal como la recuerdan los libros, fuera otra? Gawain debe cumplir, empero, su parte del trato («Recuerda: es solo un juego») aunque para ello deberá enfrentarse a un enemigo aún más temible que El caballero verde.

Preciosista fotografía de Andrew Droz Palermo, que convierte varios planos en auténticos cuadros, la película cuenta con una magnífica banda sonora, a cargo de Daniel Hart, por cuya partitura se entremezclan referencias históricas y arreglos e instrumentación contemporánea. El reparto está magnífico. Desde el propio Patel (en el mejor papel de su carrera) a la acertadísima Alicia Vikander, pasando por las fugaces, pero decisivas, apariciones de Joel Edgerton, Erin Kellyman y Barry Keoghan.

Puntuación: 4 de 5.

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