Quique González – Sur en el valle

Quique González

Y al mirar vi un caballo pálido, 

cuyo jinete tenía por nombre Muerte 

y el infierno le seguía.

★★★★★

Para muchos 2020 supuso el verdadero Apocalipsis. No hubo trompetas anunciando el fin del mundo. No hizo falta. Un silencio atronador lo impregnó todo. Nos impregnó y nos cambió por dentro. Año y medio después del inicio de aquella pesadilla se publica ‘Sur en el valle’, el decimotercer álbum de Quique González (Madrid, 1973). Un disco seco, cortante, doloroso, pero esperanzado. Porque sólo de la oscuridad brota la luz. Y entre los nubarrones y el trueno acaba asomando un sol inmenso. Quizá esa responsabilidad, que nace de echar raíces en la noria del mundo, sea la que tiñe de pesadumbre esta colección de canciones. Once temas (uno más en el vinilo) que fluctúan entre lo confesional y lo cinematográfico. Porque esta es la habilidad que este exiliado a los valles pasiegos ha desarrollado con el paso de los años. Sus canciones se ven. Se sienten. Y uno, que también se pasó cien días en arresto domiciliario, no puede por menos que encogerse a medida que las imágenes interiores se suceden.

La primera sorpresa llega ante la lúcida decisión de situar al cantante en el primer plano sonoro de esta colección de canciones. Nunca antes la voz de Quique había sonado tan cercana, tan certera. Tan dura y tierna a la vez. La verdades como puños se intuyen y se sienten. No siempre necesitas que te lo expliquen todo. Cada oyente tiene su propia historia personal que completa la panorámica. Cuesta no pensar en el músico armado tan solo con una guitarra y un bloc de notas ante la desarmante inmensidad de los valles circundantes. Componer un disco en mitad de una pandemia con la única compañía de vacas, ovejas, caballos… truenos, temporales, mar embravecida y rayos de sol que pugnan por abrirse paso al caer la tarde entre el rumor de las olas. Todo ello está en el disco, pero también está lo que viajaba con él dentro de su furgoneta. Y los libros. Y los ecos cristalinos de la poesía del pasiego Martín Bezanilla: «son inmortales los felices, aunque en los álbumes la gente ya haya sido». Porque es impensable no sobrecogerse ante tanta belleza. Ante tanta tristeza.

La banda empasta como siempre —como nunca— en esta acertadísima decisión de contar con Toni Brunet a los mandos de la producción. Guitarras que arropan la voz de Quique, el contrabajo de Jacob, la percusión de Edu ‘Sunrise’, los hammond del ‘Boli’ y ‘Chuches’, el piano y los arreglos de César… y Nina. Es rock en ebullición. Descarnado, cantando en ocasiones con los dientes apretados. Un rechinar que contrasta con la segunda voz de Nina que susurra por momentos. Como el viento ulula y te despeina en lo alto de La Braguia. Este blues de carretera, que a ratos sabe a soul de enredadera; y es meloso y agridulce por dentro y por fuera. En estos tiempos tan atropellados es un milagro poder hablar de que aún se publican discos conceptuales. Un puñado de canciones que reflejan la peripecia vital de quien se encuentra ante un cruce de caminos y cuya encrucijada ya no es personal e intransferible, sino futura e impredecible. Rara avis dentro del panorama musical patrio, González posee de un tiempo a esta parte la extraña habilidad de que cada vez que publica un nuevo disco, éste sea el mejor de su carrera.

Nunca antes Quique sonó tan a pecho descubierto como en Lo perdiste en casa, tan (auto)referencial como en Te tiras a matar. Nunca antes un tema resume toda una carrera como lo hace Alguien debería pararlo. Una canción que contiene a su vez todas las canciones de la carrera del madrileño. Y siempre que escribo nunca traiciono todo lo que vendrá, porque pese a la patente desesperanza que inunda La tripulación, el futuro está por escribirse. Y quizá haya que empaparse de seny mediterráneo para ver más allá de la oscuridad del hueco del ascensor. Y ascender.

Cuando se llevaron la luz

un sol negro brotó dentro de mí

inmenso y descorazonador.

Puntuación: 5 de 5.

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