Madres paralelas

Madres paralelas
★★☆☆☆

Resulta cuanto menos decepcionante que el mayor alegato en favor del feminismo que aparezca en una película protagonizada por mujeres lo haga en el eslogan de la camiseta que luce una de ellas. Esta mercantilización se repetirá varias veces más a lo largo del metraje para sonrojo de quien esto escribe. Y no sólo con el feminismo. Madres paralelas, la vigésimo segunda película del cineasta manchego Pedro Almodóvar, es un desconcertante pastiche de ideas deslavazadas, que en último término le hace flaco favor a la noble causa que pretende defender; y esta no es otra que la memoria histórica. Pero vayamos por partes, porque por su guion —carente de sororidad y empatía— planea constantemente la sombra del clasismo, el racismo y un revanchismo, que en poco o nada ayuda a familiares y víctimas de los crímenes franquistas.

Sorprende que el mismo autor capaz de aunar crudeza y sensibilidad a lo largo de su filmografía, haberse convertido en un referente para la comunidad LGTBIQ+ y defender de manera irreprochable causas que abogan por una sociedad más justa se descuelgue en este momento de su carrera con una película tan desconcertante. Madres paralelas narra la historia de dos madres por accidente (Janis y Ana) y al tiempo pretende convertirlas en el reflejo de las dos Españas. Pretende, porque no lo logra. Más bien al contrario. Narrada desde una desconexión absoluta con la realidad de este país, la película sólo acierta a denunciar todas las trabas que el gobierno de Mariano Rajoy puso para cumplir con la Ley de la Memoria Histórica. Un conflicto que mientras se escriben estas líneas sigue protagonizando la bronca política en el Congreso y que permanece enquistado en nuestra sociedad desde hace más de 80 años.

Sin embargo, la denuncia que Almodóvar hace en el filme a través de Janis (Penélope Cruz), nieta de represaliados, se articula plagada de rabia como afirma tajante con ese: «La guerra no acabará hasta que se encuentre a todos los desaparecidos». Una rabia que se atisba impostada, como sucede con la mayoría de presuntos conflictos argumentales con los que la acción se precipita hacia un predecible y descabellado final repleto de incongruencias. Por el camino tenemos una violación grupal no denunciada de una menor y para más inri, perpetrada por latinoamericanos, junto a grooming y chantaje, por si hiciera falta encadenar más abusos. Sin embargo, la adolescente víctima de todo esto no sólo decide ser madre, sino que abandona su localidad de residencia, Granada, (atención al cliché) para irse a vivir con su madre Teresa (espléndida Aitana Sánchez-Gijón), actriz de segunda fila, quien se desentenderá de ella para representar Doña Rosita, la soltera, de Lorca (más cliché). También asistiremos a una rocambolesca trama que quiere recordar a los casos de bebés robados del franquismo, pero que obvia —o directamente desconoce— la legalidad vigente y termina por envolver en contradicciones constantes a la pareja protagonista.

El tratamiento que se hace de los secundarios también es bastante sorprendente. Elena (Rossy de Palma), la mejor amiga de Janis desde niñas, se nos muestra como una mujer madura y triunfadora, pero no se libra del estigma por parte de la protagonista: «Siempre he pensado que quería algo conmigo». La mayor sorpresa, en cambio, llega del lado masculino. Almodóvar nos presenta a Arturo (Israel Elejalde) como una eminencia (sic), algo que debemos creer a pies juntillas porque en pantalla, aparte de por su puntería amatoria, su presencia es meramente testimonial y, sin embargo, es el alfa y el omega del filme. Aunque para testimonial, la aparición en pantalla de la espléndida Julieta Serrano (tía Brígida). Rematamos los despropósitos con la inexplicable decisión argumental de presentar la historia de un represaliado al que se dejó regresar a su casa tras cavar su propia tumba (¿?) y la mucho más terrible de mostrar la exhumación de los cuerpos sin ningún tipo de rigor y excavando apenas medio metro. Y no menos desconcertante es ese plano final carente de significado.

La película cuenta con un par de fogonazos de lucidez por parte de Almodóvar, tanto en la secuencia de los partos que discurren en paralelo como en el flashback por sorpresa entre Janis y Arturo. El resto de la película discurre entre insertos de product placement de marcas y objetos de lujo que adornan estancias en viviendas de alquileres estratosféricos para el común de los mortales. Pero no para fotógrafas de moda que pueden permitirse un piso con terraza interior en la plaza de las Comendadoras y pagarle 800 euros más alojamiento y manutención a una niñera y contar también con una empleada del hogar (de la que a Janis poco o nada le importa la salud de su marido). A la estética Pinterest contribuye la colorista fotografía de José Luis Alcaine, teñida por el dramatismo contenido del score de Alberto Iglesias. Resulta también chocante la decisión estilística de cerrar plano al tiempo que la luz se difumina en torno a la figura de Penélope Cruz en determinadas secuencias del filme sin motivo aparente. Del mismo modo que ante nuestros atónitos ojos se difumina el talento de un cineasta que más allá de banderas parece haber elegido el bando de los que viven ajenos a la realidad de su país.

Puntuación: 2 de 5.

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