The Card Counter

The Card Counter
★★★☆☆

Desconcertante película sobre la culpa y la necesidad de expiación de los pecados que desaprovecha tanto su interesante premisa como a un reparto de campanillas. The Card Counter es un nuevo ensayo del cineasta norteamericano Paul Schrader en torno a los demonios que atormentan al ser humano, en esta ocasión formulado a través de la voz en off de un metódico y estoico contador de cartas de nombre William Tell (Oscar Isaac). Tras un prometedor y didáctico arranque, la película se desploma con estruendo hacia una concatenación de lugares comunes y sinsentidos. Sorprende que un guionista de la talla de Schrader (Yakuza, Taxi Driver, Toro Salvaje) se muestre incapaz de urdir una trama más compacta y opte por dejar en manos de sendos deus ex machina el destino de un film que, si lo despojamos del academicismo a la hora de rodar recuerda bastante al cine de ese reciente enfant terrible llamado S. Craig Zahler. Impecable en su planteamiento formal, con una cámara que alterna el estoicismo del plano fijo con los planos secuencia que acompañan el continuo peregrinar de su protagonista, la cinta adolece de mayor enjundia argumental al apostar todas sus bazas a una pueril historia de redención por la que desfilan unos episódicos (e infrautilizados) Willem Dafoe (James Gordo) y Tye Sheridan (Cirk, con ce). Este último, tratando sin éxito de que no se le note que le queda demasiado grande un traje cortado a la medida de Shia LaBeouf.

Por el tour de force interpretativo de Oscar Isaac también se pasea Tiffany Haddish (La Linda) en un papel tan poco creíble como divertido. De lo poco disfrutable dentro de una película tensa y cruda, que recuerda en más de un sentido a El color del dinero (no en vano, Scorsese ejerce de productor), pero que se deshilacha a medida que avanza el metraje. Epítome indisimulado de una sociedad, la yanki, que se debate entre el atenazador peso de su indigno pasado y la apatía nihilista, la película cuenta con el complemento sonoro de un score que acentúa tanto la deriva existencial de su protagonista, como esas infernales pesadillas rodadas con ojo de pez. 

Puntuación: 3 de 5.

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