La peor persona del mundo (Verdens verste menneske)

Verdens verste menneske
★★★★★

La crisis existencial de una joven treintañera le sirve al cineasta noruego Joachim Trier para plantear un corrosivo ensayo sobre cómo el machismo enquistado pervierte las relaciones sexoafectivas y cosifica a la mujer. Presentada desde los iniciales títulos de crédito como una tricomía dividida en doce capítulos con prólogo y epílogo, La peor persona del mundo es una inteligentísima y devastadora película repleta de subtextos con una inolvidable protagonista, Julie (Renate Reinsve), que como ella misma confiesa en un pasaje del filme acabará convertida en personaje secundario de su propia vida. Uno de los mayores méritos de Trier es, precisamente, que pese al trasfondo dramático que envuelve la cinta, ésta se nos presenta desde el arranque bajo la amable apariencia de una comedia romántica. Narrada con una voz en off femenina y repleta de chascarrillos sexistas que arrancan las sonrisas del público en el prólogo argumental, la película revela pronto su verdadera intención con ese plano fijo de Julie fumando despreocupada mientras consulta su teléfono móvil con la ciudad al fondo. Lo que en ese instante parece ser el reflejo de una mujer que ha tomado las riendas de su vida se revela a lo largo de ese decisivo capítulo de la historia fílmica (bajo el inequívoco nombre de Cuernos) en su verdadera naturaleza. La dolorosa belleza de las imágenes que Trier elige para acompañar a Julie de vuelta a casa —y todo lo que acontece después— marca de manera decisiva el tono de una película tan brillante como demoledora.

El triángulo lo completan Aksel (Anders Danielsen Lie) y Eivind (Herbert Nordrum), los dos hombres que explicarán la historia de Julie y que darán sentido al argumentario de la pareja de guionistas que integran el propio director y su colaborador habitual, Eskil Vogt. Y este no es otro que confirmar la pertinencia del feminismo a partir de la anulación de la existencia de su protagonista, meramente supeditada a ser un complemento de sus parejas masculinas. La trascendencia del discurso fílmico se ve rebajada con abundantes dosis de ironía y mala baba, fotografía preciosista, lujosa banda sonora y un envoltorio de romcom nórdica que en realidad alberga un caramelo envenenado.

Todos los demás personajes femeninos son risibles. No existe ninguna muestra de sororidad en pantalla (Julie no tiene amigas). En el único momento en que otro personaje femenino le brinda su apoyo (y este proviene de su propia madre) ella lo rechaza para justificar a un padre ausente que la invisibiliza. El resto de traumas asociados a la edad adulta que asaltan a Julie se presentan en los distintos capítulos fílmicos de formas muy diversas y abarcan el miedo al compromiso, la maternidad, el éxito profesional, la banalización de las reivindicaciones feministas… Durante todo este periplo vital, Julie aparece a ratos insatisfecha, otros ausente o triste. Sólo la vemos sonreír de verdad en la espléndida secuencia onírica en la que ella decide (¡por fin!) tomar las riendas de su vida, pero (¡ay!) se trata tan solo de un sueño.

Durante determinados pasajes del filme flota una atmósfera de cuento de hadas que en lo estilístico recuerda a La La Land. O más bien, a un reverso tenebroso de la idealización del amor romántico. De hecho, el propio título del film también forma parte del discurso de otro hombre, Eivind. Por desgracia, la intención del cineasta es removernos cada vez más a medida que avanza el metraje y el último tercio se torna un drama desgarrador en el que el dolor y la pérdida quedan una vez más sepultados por la necesidad de los personajes masculinos de hacer valer su discurso y desproveer de toda entidad a nuestra indefensa protagonista: «Cuando yo desaparezca, también lo harán todas esas conversaciones que imaginé contigo». Todos los elementos del puzzle encajan durante la visita de Julie y Aksel (el cuarentón verdadero protagonista de este cuento de terror) a la casa donde éste vivió de niño y descubrimos de nuevo la tricomía inicial. En último término es imposible no esbozar una amarga sonrisa mientras suena Aguas de Março en la voz de Art Garfunkel. El particular guiño generacional en forma de autohomenaje que se brindan los cineastas (ambos hombres y cuarentones) como poético corolario a su desesperanzado alegato en pos de un feminismo real y no impostado.

Puntuación: 5 de 5.

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