El poder del perro

The Power Of The Dog
The Power Of The Dog
★★☆☆☆

Western fetichista en el que palpita una turbia homosexualidad y ante el cual quien esto escribe tiene constantemente la sensación de estar viendo una película a la que le gustaría estar dirigida por Paul Thomas Anderson y no por Jane Campion. El poder del perro es una cinta imperfecta. Excesivamente pausada en su desarrollo. Aceptablemente bien interpretada. Con ciertos elementos atractivos, que terminan diluyéndose en una narración convencional y previsible en su último tercio y sobre cuya atmósfera constantemente pulula la sobresaliente banda sonora de Jonny Greenwood (colaborador habitual de P. T. Anderson). ¿Por qué tanto adverbio para definir esta película? se preguntarán ustedes. Para acentuar su rebuscado preciosismo visual y al mismo tiempo arrojar un sutil manto de displicencia ante la manera elegida por la cineasta neozelandesa, tras más de una década de silencio fílmico, a la hora de narrar esta adaptación a la gran pantalla de la novela homónima de Thomas Savage. Quizá a todo ello contribuya esa claustrofóbica incomodidad que transmite el hogar de los hermanos Burbank, en Montana. Una opresiva mansión que contrasta con la majestuosidad de los espacios abiertos circundantes y esa viscosa mezcolanza de pulsiones y elementos telúricos que terminan por dar nombre al filme.

Las bases sobre las que se asienta el maltrato psicológico al que somete Phil Burbank (Benedict Cumberbatch) a su hermano George (Jesse Plemons) vertebran el primer tercio del filme. Una película que arranca con una desconocida voz en off que pronuncia una declaración de intenciones que en último momento terminará por dar sentido a una historia repleta de matices. Entre ellos, reflejados con mejor o peor suerte encontraremos la sempiterna figura de una madre ausente, el chantaje emocional, el clasismo, la necesidad de aparentar… ingredientes que una vez entrelazadas las vidas de los dos hermanos con las de la joven viuda Rose (Kirsten Dunst) y su hijo, Peter (Kodi Smit-McPhee) alcanzarán una nueva entidad, viciando el ambiente y tornando la convivencia en casi insostenible. 

Ni que decir tiene que el actor británico es el gran triunfador de este duelo interpretativo en el que aguanta bastante bien el pulso el joven australiano Kodi Smit-McPhee. La relación entre ambos, a la sombra del idealizado vaquero Bronco Henry, se nos presenta de una manera algo atropellada, casi ilógica. Chirría que Campion, responsable del guion que adapta la novela original, patine de tal manera ante uno de los instantes decisivos para el devenir de su obra. Todo el mimo que pone en desarrollar el personaje de Rose, con sus zozobras existenciales, parece diluirse a la hora de describir el giro en la relación entre Phil y Peter. Algo similar sucede a la hora de desentrañar la verdadera naturaleza del personaje que Cumberbatch borda, más allá de su impostada masculinidad homófoba. Tanto la explicación del trasunto que da título al filme, como las decisiones que le llevan a comportarse como un maltratador de manual quedan deliberadamente emborronadas o no se incide en ellas, pese a conformar un factor decisivo para ahondar en su naturaleza.

La pretendida tensión psicológica de la cinta y ese aire de thriller que quiere adquirir en su última media hora sólo se nos transmite a través de la fascinante banda sonora con la que Jonny Greenwood engrandece el filme. Otro de los mayores aciertos de la película recae en la elección de Ari Wegner (Zola) como directora de fotografía, ya que su trabajo es excepcional y por momentos consigue insuflar parte de esa profundidad y complejidad en las relaciones humanas que Campion no alcanza a bordar. El —desaprovechado— elenco del filme lo completan, entre otros, Thomasin McKenzie y Keith Carradine con sendas apariciones que parecen más un cameo que una presencia reseñable dentro de una película que podía haber dado mucho más de sí.

Puntuación: 2 de 5.

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