The Velvet Underground

The Velvet Underground
★★★★☆

La música salva vidas. En ocasiones también las cambia. En contadísimos momentos de la historia aparecen artistas que revolucionan el panorama y provocan que nada vuelva a ser lo mismo. El rock debe estarle eternamente agradecido a esta banda que surgió a principios de los años 60 y que en lo musical simbolizó toda la efervescencia y el bullir contracultural del Nueva York de la época. El rock y muchos de nosotros, porque como relataba al principio, la música además de poseer un inigualable poder terapéutico, cambia vidas. Con independencia de los años en que la Velvet estuvo activa —porque, en efecto, de la banda que hablamos aquí es nada más y nada menos que The Velvet Underground— su influyente legado ha sido capaz de atravesar las barreras del espacio-tiempo. Algo sin duda inimaginable para sus miembros fundadores, pero que resuena con fuerza décadas después, tal como atestigua el documental dirigido por el cineasta Todd Haynes (Velvet Goldmine, I’m Not There) que se ha estrenado simultáneamente en salas y en Apple TV+ en otoño de 2021.

Haynes captura a la perfección ya desde el arranque de la cinta y mediante el hábil uso del montaje el espíritu de una época. Algo que se percibe en el persistente uso de la música en la presentación de los integrantes de la banda y en su acertada decisión de dividir la pantalla emulando los montajes de Warhol y Paul Morrisey. La influencia visual en los primeros años de carrera de la Velvet quedó patente con las piezas salidas de The Factory que se proyectaban durante los primeros conciertos del grupo. La salmodia acompaña las voces en off de Cale y Reed, bastiones en torno a los que orbita el primer tercio del documental, salpicando metraje de archivo de la época, instantáneas y declaraciones de luminarias que van del cineasta John Waters a los músicos Jackson Browne y Jonathan Richman.

Desde el sorprendente inicio, con el galés John Cale interpretando Vexations, de Satie entre anuncios de cigarrillos Winston, a la aparición de Warhol (y Nico) en la banda transcurre la mitad del metraje. La figura de Cale sale bastante mejor parada en este tramo que la de Reed, todo sea dicho. Algo sorprendente, si tenemos en cuenta que la idea del documental se remonta a 2017 por parte de la multifacética Laurie Anderson, viuda de Loud Reed, quien eligió personalmente a Haynes para dirigirlo. Pese a todo es innegable que el controvertido carácter del de Brooklyn marcó tanto los tortuosos inicios de la banda como sus etapas creativas. Suya es la decisión de ‘aprovecharse’ de Warhol (a quien acabaría llamando rata) para ganar notoriedad y codearse con figuras Beatnik como Jonas Mekas (a quien está dedicado el documental), Truman Capote, Allen Ginsberg y William S. Burroughs.

Cabe suponer que la ascendencia de la viuda tiene mucho que ver a la hora de difuminar la figura de Doug Yule como pieza fundamental de la segunda etapa (más convencional, menos rompedora) de la Velvet, ya sin Cale ni Warhol. Haynes se redime en el tercio final sugiriendo mucho de lo no explicitado a través del archivo viodeográfico y esa nada sutil concatenación de reuniones alimenticias que los diversos integrantes del grupo fueron repitiendo periódicamente desde los años 70 y durante casi tres décadas, con mayor o menos fortuna. Irónicamente del mismo modo que sucede con este documental en el que, por un par de horas (o ya para siempre), vestimos nuestras mejores galas para esas fiestas futuras en las que todo vuelva a suceder una y otra vez.

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