El Robe que no cesa

Robe - Mayéutica

Hemos venido a brillar. A dar luz. Iluminar pabellones, cosos, teatros, polideportivos, vidas. Deslumbrar, cegar, centellear y calentarnos el corazón un ratito. O la noche entera. Pese a que el inicio del concierto no estaba anunciado hasta las nueve de la noche hubo quien hizo guardia a las puertas del polideportivo Pisuerga de la capital vallisoletana desde seis horas antes. La avanzadilla calentaba motores trasegando cerveza y desafiando los rigores de este otoño vestido de invierno. Pasadas las seis de la tarde los bares cercanos al pabellón ya eran un hervidero de gentes. Dentro, la banda comenzaba a probar sonido y las filas para acceder a las gradas comenzaban a nutrirse de público. Seguidores procedentes en su mayoría de la propia ciudad, pero también desde puntos tan distantes como El Bierzo o Vitoria. La cola sirve de encuentro tanto a grupos de amigos de toda la vida como a otros recién hechos. La música tiene estas cosas. Mejor dicho: la música de Robe tiene estas cosas. Pocos artistas pueden vanagloriarse de contar con un abanico tan diverso de fieles. Prueba de ello, el chaval de no más de diez años que brincaba como loco al escuchar So payaso en la prueba de sonido. No fue el único. La pareja de amigos del Bierzo que hacía cola detrás también tarareaba la canción mientras apuraba una lata más.

Robe - Mayéutica

Abren puertas, la pista se llena primero, luego las gradas. Las camisetas de merchandising de la gira vuelan, del mismo modo que lo hacen las birras. No hay calimocho, se queja una chica a su pareja. Los pilotos verdes de los dispensadores portátiles de cerveza titilan como luciérnagas cuando el pabellón se queda a oscuras. Un silencio sepulcral acompaña al ‘renacer’ de la banda sobre el escenario. Uno a uno. Volver a la vida también pasa por esto. Recuperar los conciertos. Cantar hasta desgañitarnos, saltar abrazados. El niño de la cola extiende los brazos desde su asiento de grada como queriendo abrazar a los músicos. Sobre todo a uno. Fibroso, magnético. El público se rompe las manos a aplaudir mientras él, Roberto Iniesta Ojea, Robe, contempla el gentío con una sonrisa, abrazado a su guitarra. Una descarga nos sacude por dentro. La electricidad no nos soltará a lo largo de las próximas tres horas nada más que un ratito «de unos quince, veinte, treinta minutos…» en el que aprovechar para «beber algo, salir a fumar, mear o lo que sea, pero que no os vean». Sin saber cómo, la primera media hora del bolo se nos escurre entre los dedos de manera urgente. David Lerman (bajo y vientos) y Carlitos Pérez (violín) recorren el escenario de un lado para otro durante la mayor parte del concierto, con Robe ocupando el centro del mismo. A su izquierda, Woody Amores (guitarra) y Lorenzo González (guitarra, bajo y voces). Detrás, Alber Fuentes, a la batería; y a su derecha, Álvaro Rodríguez, teclados. Siete músicos que suenan como un solo ente, parido ante nuestros incrédulos ojos de una vulva mayéutica. Suena Contra todos y Lorenzo nos regala la primera de la noche con ese Mami, qué será lo que tiene el Robe que arranca una ovación unánime.

Robe - Mayéutica

Y la verdad es que pasan los años y seguimos sin saber qué es lo que tiene el de Plasencia, pero ahí estamos casi 4.000 almas atrapadas por el fulgor de cuanto brota de ese escenario mesiánico. Robe comienza a lanzarnos preguntas. Nos habla de utopías y de planes para cambiar el mundo. Él, que quizá sin ser consciente ya lo ha cambiado. Aunque sea para una inmensa minoría que anoche éramos mayoría ante él. Igual que hace treinta años. Pero no nos engañemos. No todas las gradas están repletas de puretas. También hay menores con sus padres, adolescentes en trance desde que sonaba Si te vas. Esto es una religión. Atea, pero confesa. Un suspiro acompasado nos recuerda que hay vida más allá de la nostalgia. Por algo hemos venido hasta aquí. Por este disco que llevaba tres años en un cajón esperando su momento. Y llegó. Y es ahora. Tras la pausa de media horita es el momento de desgranar de principio a fin esa obra magna que nos enciende de nuevo. Suena Mayéutica y lo hace como cuando subimos a tope el volumen y aullamos al volante mientras conducimos. Sin descanso.

Cincuenta minutos gloriosos de comunión. Ya no hay pandemia que nos pare. El juego de luces del escenario es un cuadro de Van Gogh y luego es un bosque de insectos luminiscentes que nos guían en mitad de la noche más oscura. Pero venceremos, como nos recuerda Lorenzo en Un instante de luz, en un guiño a Turandot. Y nos ponemos épicos, porque ante tal barbaridad, a uno no le queda más remedio. Hasta desfondarnos mientras Woody estrangula las seis cuerdas de su guitarra en un grito desgarrado de camino a la Coda feliz con que se cierra esta segunda parte de una noche inolvidable. Pequeña pausa y más nostalgia. La sombra de Robe recorre el escenario como si estuviera jugando al escondite con Peter Pan. El niño del principio de esta crónica —un niño que podríamos ser todos nosotros, ¡qué cojones! lo somos— no se ha sentado desde hace una hora. Sabemos que esto ya casi se acaba, pero nos da igual. El polideportivo Pisuerga bota y canta como si no hubiera un mañana. Porque estuvimos a punto de que no lo hubiera y aunque no se nos olvida, hoy es como si nada de eso hubiera existido. Esta noche, la vida ha vuelto a ser un poco más vida y un mucho menos mierda.

Setlist:

Hoy al mundo renuncio

Guerrero

Si te vas

De manera urgente 

Contra todos (Mami que será lo que tiene el Robe)

El camino de las utopías 

Un suspiro acompasado

So payaso 

La ley innata

—Intermedio—

Mayeutica:

Interludio

Primer movimiento: Después de la catarsis

Segundo movimiento: mierda de filosofía 

Tercer movimiento: un instante de luz 

Cuarto movimiento: yo no soy el dueño de mis emociones 

Coda feliz (extendida)

—Bises—

Dulce introducción al caos 

Stand by 

La vereda de la puerta de atrás 

…Y rozar contigo

Ama, ama, ama y ensancha el alma

Robe – Gira Mayéutica, Polideportivo Pisuerga (Valladolid), 13/11/2021. Unas 4.000 personas.

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