Última noche en el Soho

Last Night in Soho
★★☆☆☆

Si por algo se ha destacado el cine de Edgar Wright es por su prodigiosa facilidad para incardinar elementos de la cultura popular a su imaginería visual. Así, sus filmes están repletos de secuencias que derrochan talento y creatividad, aunque no por ello su cine siempre sea sinónimo de un producto de calidad. Esto le ocurre, por desgracia, a la reverencial Última noche en el Soho (Last Night in Soho), cinta que parece concebida a mayor gloria de una época —los años 60— y unas localizaciones —aquel bullicioso Londres— de las que el realizador demuestra ser todo un ferviente apasionado. El capricho cinematográfico se justifica bajo la presunta etiqueta de thriller psicológico que encierra una suerte de cine de denuncia social, el cual destila feminismo y sororidad a lo largo de sus dos horas de metraje. Nada más lejos de la realidad. Sí hay, evidentemente, homenaje a los 60; también una trama de terror psicológico con elementos del fantástico, que bebe del giallo a borbotones y es directamente deudora del cine de Brian de Palma. Además de unas excelentes interpretaciones de la pareja protagonista que integran Ellie (Thomasin McKenzie) y Sandie (Anya Taylor-Joy), pero toda la —en principio atractiva— propuesta se desbarata por culpa de un argumento absurdo, repleto de insustanciales líneas de guion y en el que se abusa de la reiteración y los subrayados para acentuar los paralelismos del binomio Ellie-Sandie.

No le habría venido mal a este virtuoso ejercicio de estilo —un prodigio de montaje y edición de sonido— contar con un guion más sólido, sin personajes estereotipados (Jack, John, Jocasta) ni rebuscados giros argumentales (Alex, Lindsey) que echan por tierra el presunto discurso reivindicativo y justiciero de su tramo final. Porque por aquí es por donde más rechina el guion que firman Wright y Krysty Wilson-Cairns (1917). Más allá de los consabidos homenajes cinematográficos marca de la casa y las constantes referencias a la cultura pop, la excusa argumental que da pie a esta historia le hace un flaco favor al feminismo que pretende defender. Es más, tanto este como otros elementos ‘inclusivos’ dentro del filme parecen tratarse de calculadas concesiones centradas en contentar al mayor número posible de audiencias. Por no hablar de la desafortunada secuencia en la que se denigra hasta el extremo al único personaje no caucásico del filme.

El resultado no puede ser más catastrófico y termina por sepultar este revival sesentero convertido en un videoclip extendido en el que llegan a sonar casi treinta canciones y cuyo título original (y casi su argumento) coincide con el de una de ellas. De la pericia técnica y el sentido del ritmo cinematográfico de Wright ya teníamos sobradas pruebas en títulos precedentes de su filmografía, del mismo modo que lo teníamos de su desinterés por cerrar los arcos argumentales. Cinta dedicada a la memoria de dos de sus protagonistas secundarias, las archiconocidas chicas Bond Diana Rigg (Los vengadores, Juego de tronos) y Margaret Nolan (The Newcomers, Retorno a Brideshead) por la que también se pasea Terence Stamp en un episódico, pero determinante papel (igualmente desaprovechado).

Puntuación: 2 de 5.

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