Cazafantasmas: más allá

Ghostbusters: Afterlife
★★★★☆

Resulta cada vez más improbable recuperar la sensación de volver a tener doce años frente a una pantalla de cine. La cifra no es un número cualquiera; quien esto escribe tenía dicha edad en 1984, el año en que se estrenaron títulos como Karate Kid, Gremlins, Terminator y, por supuesto, Los cazafantasmas. El listado es bastante más prolijo y entre dichos estrenos hay títulos que son verdaderas obras maestras. Un calificativo que ni mucho menos es aplicable a la cinta dirigida por Ivan Reitman, que, por cierto, fue la comedia más taquillera de la década y logró hacerse un huequito en la memoria colectiva de toda una generación. Su éxito precipitó su secuela y toda una interminable colección de productos derivados como videojuegos, series de animación, juegos de mesa, de rol, tebeos, figuras de acción… Y casi cuatro décadas después la saga continua, nunca mejor dicho, de la mano de Jason Reitman (Juno, Up In The Air). Todo queda en casa y ésa, precisamente, es la sensación que cualquier espectador entrado en años tiene ya desde el mismo arranque del filme.

Película que ejerce de ingenioso puente entre dos mundos —pasado y presente—, del mismo modo que hermana en su argumento lo cotidiano con lo sobrenatural para ejercer de (auto)homenaje a toda una época que ya no volverá, pero cuyo influjo sigue muy presente en una determinada forma de hacer cine hoy en día. Reitman (hijo) mejora por momentos el legado que se le entrega y para ello rinde tributo a títulos referenciales del fantástico con corazoncito como E. T., el extraterrestre, Gremlins y Campo de Sueños. Asimismo, aflora su vena gamberra con diálogos chispeantes en la primera hora de película, (meta)referenciales, irónicos, cultos y desprejuiciados. Hay incluso tiempo para que por nuestras retinas se cuelen Cujo y Chucky, en uno de esos chistes generacionales que habrían hecho las delicias de John Hughes. De hecho, la primera mitad del filme, que sirve de presentación de los nuevos personajes y para poner en situación al target de futuribles secuelas, es una verdadera delicia.

Rodada con una inteligencia y una sensibilidad digna de admirar, con esa Phoebe (Mckenna Grace) que se come la pantalla y es capaz de llevar esa sola en volandas toda ese tramo de película. Bien es cierto que sin un guion tan elaborado y respetuoso tanto con el material original como con los espectadores poco o nada de esto hubiera funcionado. El trabajo de Gil Kenan (El chico que salvó la Navidad) y el propio Reitman es una de las mayores bazas de esta película en la que es inevitable contar con la consabida dosis de revival. Quizá esta parte sea la más floja —por excesivamente almibarada— de la película, pero es bastante menos abochornante que otras intentonas de revitalizar sagas pretéritas pertrechadas recientemente. En cuanto al resto del reparto, Carrie Coon (Callie) parece habérselo pasado muy bien rodando esta película, al igual que ocurre con ese menudo descubrimiento llamado Logan Kim (Podcast). Sin duda, junto con la ya citada Grace, los tres personajes mejor aprovechados del filme. Sin desvelar muchas sorpresas, por la cinta también se pasea el televisivo Finn Wolfhard (Trevor) en un papel meramente secundario, al igual que ocurre con Celeste O’Connor (Lucky). Mención aparte merece Paul Rudd (Gary Grooberson), cuya presencia nos hace echar —y mucho— de menos a Rick Moranis.

Dedicada a la memoria de Harold Ramis, la película cuyo estreno estaba previsto para verano de 2020 y que la pandemia ha hecho que se postergase quince meses cuenta con varios momentos emotivos bastante bien conseguidos, pese a bordear la hiperglucemia, y en realidad es asimismo una hermosa carta de amor de un hijo a su padre simbolizada en el cariño, el cuidado y el respeto que Jason Reitman, aquel niño que se crió en los platós de rodaje, profesa a lo largo de dos horas. Consejo: no abandonen su butaca hasta que se enciendan las luces al final de los créditos. Al final, final. Seguro que nos lo agradecerán.

Puntuación: 4 de 5.

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