West Side Story

★★★★★

Pretender reeditar, medio siglo después, el éxito que cosechó la adaptación a la gran pantalla del musical escrito por Arthur Laurents, compuesto por Leonard Bernstein y Stephen Sondheim; y dirigido por Jerome Robbins y Robert Wise parecía una empresa descabellada. Sin embargo, si el responsable de tamaña hazaña no es otro que Steven Spielberg, el resultado final no sólo no desmerece, sino que en su conjunto supera el original. Pueden correr ríos de tinta, a favor y en contra de la presente reformulación de este Romeo y Julieta urbano, pero lo que es innegable es que bajo la admirable batuta de Spielberg, esta West Side Story resulta más pertinente que nunca. Dejemos a un lado la carente —y varias veces mencionada en esta página— imaginación y el nulo sentido del riesgo de las majors a la hora de apostar por productos innovadores. Los grandes estudios llevan más de un lustro apostando sobre seguro a base de remakes, reboots, spin-offs o secuelas de películas que supongan un éxito garantizado en taquilla. Por este mismo motivo, la mera idea de que Spielberg aceptara revisitar un clásico como el musical de Robert Wise (galardonado con 10 Oscars®) parecía un suicidio fílmico injustificado a estas alturas de su carrera. Máxime cuando el realizador de Cincinnati ostenta el dudoso honor de ser el único cineasta con una cinta en su haber (El color púrpura), que tras cosechar once nominaciones se fue de vacío en la ceremonia de entrega de las doradas estatuillas.

Y que conste que la adaptación de la novela epistolar de Alice Walker se cuenta entre mis favoritas dentro de su amplia filmografía. Pero aquella primera aproximación al musical en 1985, poco o nada tiene que ver con la magistral lección de dirección que Spielberg nos regala a lo largo de 156 minutos en esta nueva versión de la rivalidad shakespeariana que enfrenta a Jets y Sharks. El majestuoso uso de la cámara ya desde el plano secuencia inicial nos muestra a un Spielberg más preocupado por aportar una nueva visión que expanda la iconografía visual heredada del clásico de 1961. Las aportaciones actuales nos son tanto novedades. sino matices que certifican la atemporalidad del relato y entroncan con la convulsa realidad social que atraviesa no sólo Estados Unidos, sino el planeta entero. Alejada de discursos pretenciosos, la película logra resonar en la Norteamérica post-Trump. Pero también lo hace en el contexto de la presente realidad globalizada, en la que las desigualdades sociales laminan día a día a la clase media. Este relato de perdedores condenados a serlo durante el resto de sus vidas posee una vibrante atmósfera que cautiva tanto al espectador curtido como a las nuevas generaciones. De ello se encargan tanto el pulso de Spielberg (a sus recién cumplidos 75 años) como la exquisita fotografía de su colaborador habitual desde 1993, el polaco Janusz Kaminski (a quien homenajea en este filme).

Pero indiscutiblemente, la mayor baza de esta nueva versión está en el casting. La nutrida nómina de actores y actrices que dan vida a los inolvidables personajes a través de cuyos ojos recorremos las calles del noroeste del barrio de Manhattan, décadas antes de convertirse en el escaparate mundial a través del que Nueva York se venderá al mundo entero. Las historias de Riff (Mike Faist), Tony (Ansel Elgort), Bernardo )David Alvarez), Anita (Ariana DeBose), Chino (Josh Andrés Rivera) y María (la debutante Rachel Zegler) siguen siendo universales. Del mismo modo que los números musicales que dan vida a esta obra aún son inmarcesibles. Spielberg rehuye la burda copia —como la que hizo Gus Van Sant con Psicosis—pero adopta en multitud de ocasiones un tono de devoción supina por el material preexistente. Si algo funciona, para qué cambiarlo, parece decir. Y sin hacerlo. Sin apenas modificar un ápice. Todo se siente fresco. Nuevo. Los encuadres imposibles en la primera pelea entre bandas. La emocionante inclusión de La Boriqueña y su poderoso mensaje. Bernardo y Anita besándose a través de las vaporosas telas en la cocina. El plano secuencia al llegar al baile en el gimnasio. Las coreografías. El encuentro furtivo tras las gradas, rodado con una delicadeza que emociona. El momento del balcón, con María brillando como una estrella en el firmamento. Anita, durante toda la película, regalándonos una interpretación mayúscula. La planificación entera de America, desde los tendales en la corrala de vecinas hasta llegar a pie de calle. Los movimientos de cámara en el quinteto de Tonight. La pelea en el almacén de sal. Y Valentina. La decisión quizá más controvertida del filme —junto a la elección de Ansel Elgort como Tony— al contar, de nuevo, con Rita Moreno y esa impagable interpretación de Somewhere. Y todo ello, en conjunto, repleto del sello intransferible del Rey Midas del Hollywood, que aquí decide tornarse casi invisible para que sea la propia historia la que nos lleve en volandas hasta el temido desenlace final.

Película dedicada a la memoria de su padre, quien falleció durante el rodaje a los 103 años, y dividida en tres actos, muy al estilo del musical de Broadway, separados por sus correspondientes fundidos a negro. La cinta supone un nuevo hito en la carrera de un Steven Spielberg que a estas alturas ya no tiene nada que demostrar y aún así quizá haya rodado su película más redonda como realizador. Tal es así que incluso se le perdona la cuestionable decisión —o el capricho— de redimir a todo un icono del cine clásico ante los ojos del espectador. Casi de la misma forma en que las pistolas de aquellos policías que trataban de impedir que Elliot y sus amigos llegaran al bosque se transformaron con los años (y los efectos digitales) en inofensivos walkie talkies por mor de lo políticamente correcto.

Puntuación: 5 de 5.

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