Drive My Car

★★★★★

Un relato de Murakami le sirve al cineasta nipón Ryûsuke Hamaguchi para construir una obra compleja y maravillosa en torno a las relaciones humanas. Drive My Car (Doraibu mai kâ) preserva en su esencia el espíritu literario que la sustenta. Y no sólo nos referimos a la historia corta recogida dentro del volumen Hombres sin mujeres, del escritor de Kioto Haruki Murakami, sino también a Antón Chéjov, cuya obra Tío Vania se torna decisiva para comprender en su totalidad esta deliciosa película repleta de referencias cruzadas, metalenguaje y un buen gusto a la hora de rodarla, que logra que sus tres horas de duración se pasen (casi) en un suspiro. Cine con mayúsculas, el que nos regala Hamaguchi a través de una historia que entrecruza las vidas de (al menos) cuatro parejas para hablar de soledad, amor, deseo, fidelidad, compromiso, lealtad… En definitiva, vivir. Y hacerlo con una mirada vitalista y repleta de verdad que consigue emocionar. Tanto a través de unos diálogos que atrapan, como gracias a la poesía visual que acompaña a los largos y reveladores silencios que dicen tanto —o más— que las palabras.

Resulta complicado hablar de Drive My Car sin desvelar nada de su entramado, pero hurtarle al espectador la posibilidad de adentrarse en las vidas de Yûsuke, Oto (Reika Kirishima), Misaki (Tôko Miura) y Kōji (Masaki Okada) sería imperdonable. La película gira en torno a estas cuatro figuras y lo hace con un inteligentísimo uso de los recursos narrativos. Ya desde el hipnótico plano inicial, con la espalda de Oto recortada al amanecer sobre una ciudad que despierta, comenzamos a descubrir que el relato que Hamaguchi y su guionista Takamasa Oe se disponen a contarnos exprime al máximo el particular universo de Murakami. Lejos de volverse complaciente, la pareja de guionistas decide redoblar su apuesta y alejarse del material original para introducir diversos elementos que les sirve para contar. a su manera, la historia de Yûsuke Kafuku (magnífico Hidetoshi Nishijima), un actor y director teatral que tiene como costumbre repasar sus papeles escuchando grabaciones de las obras en casete en la intimidad de su coche: un Saab 900 descapotable de color rojo (a diferencia del original literario, amarillo).

Esa intimidad que el señor Kafuku posee con su esposa será la clave para desentrañar la lúcida urdimbre que los guionistas sitúan ante los ojos del inadvertido espectador. Personas y personajes comparten líneas de guion en sus diálogos y viceversa. Sus reacciones, sus motivaciones, parecen estar por momentos más influenciadas por todo aquello que (no) sabemos de ellos, que por lo que se desprende de sus palabras. Y así, el gran teatro del mundo echa a andar para solaz de quienes acepten entrar en el juego y convertirse en un integrante más de una historia que busca respuestas sin conocer cuáles serán las preguntas que deberán hacerse, en la que los muertos ocupan las vidas de los vivos, donde las cicatrices (no sólo las visibles) nos recuerdan lo que alguna vez fuimos y que cuenta con un luminoso final abierto.

De que no estamos ante una cinta convencional da buena cuenta el hecho de que los títulos de crédito iniciales aparezcan en pantalla transcurridos más de 40 minutos. En ese instante es en el que el cineasta parece decirnos: ya sabéis todo lo que necesitabais saber sobre esta pareja, ahora vamos a continuar su historia. Y como si de una obra de teatro se tratara, los personajes van haciendo acto de presencia y aportando claves que nos ayudarán a desentrañar ese misterio que Oto sembró en el prólogo y cuya resolución nos dejará impactados. Curiosamente, todo lo trascendente en esta película transcurre en el interior de un coche. En la ya citada y decisiva intimidad que otorga dicho habitáculo. Hamaguchi posee una extraordinaria habilidad para entrelazar metáforas utilizando este pretexto y logra que su poesía visual nos desborde en el tercio final de una película que pese a su duración uno desearía que nunca acabara.

La decisión de narrar la historia de forma lineal, sin recurrir a flashbacks, el uso de la música, el sonido, el silencio, las distintas lenguas que conviven en pantalla, las parejas (reales y ficticias), la repetición de esquemas, como si todo sonase una y otra vez en nuestras cabezas, como la cinta que escucha constantemente Yûsuke de camino a los ensayos, son todas ellas apuestas tan arriesgadas como acertadas para convertir esta película en mucho más que un simple filme. Para lograr trascender y ocupar un espacio en nuestra memoria allí donde convive lo real y lo inventado, lo eterno y lo efímero. Allí donde solo debemos rendir cuentas ante nosotros mismos.

Puntuación: 5 de 5.

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