Licorice Pizza

Licorice Pizza
★★★☆☆

La independencia creativa permite a determinados artistas sacar adelante proyectos tan personales como esta película que nos ocupa. La nostálgica vuelta a la adolescencia del cineasta norteamericano Paul Thomas Anderson lleva por título Licorice Pizza, el nombre de una cadena de tiendas de discos fundada en Long Beach en 1969. Curiosamente no aparece ninguna tienda de discos en las más de dos horas de película, aunque por la gran pantalla sí desfila una nutrida nómina de actores y actrices encantados de formar parte del último proyecto del aclamado realizador. Sin embargo, uno nunca sabe muy bien por qué o para qué se nos cuentan muchas de las micro-historias que infructuosamente tratan de capturar un espíritu. Apenas nada funciona como debería en esta coming of age con tintes indie protagonizada por dos debutantes y repleta de indisimulados homenajes. Aunque, sorprendentemente quienes mejor están en la película son la pareja protagonista, formada por Alana Haim (Alana Kane) y Cooper Hoffman (Gary Valentine). Ella, junto a sus hermanas Danielle y Este, integra el archiconocido trío Haim, para el que desde hace un par de discos Anderson rueda todos sus videoclips. Él es el hijo mayor del difunto Philip Seymour Hoffman, actor fetiche de Anderson.

La elección de estos dos intérpretes no es casual. Repleta de tintes autobiográficos, la película recrea el amor imposible del trasunto del director (Gary) y la hija pequeña de Donna Haim, su crush adolescente. Exactamente, queridos lectores. Estamos ante una película que se centra en la historia de amor real que nunca sucedió rodeada de acontecimientos históricos más o menos relevantes para comprender la relación entre ambos personajes y su entorno y repleta de cameos de actores muy conocidos que lejos de otorgar un marchamo de calidad exquisita a la cinta te sacan constantemente de una trama atropellada, episódica y que parece (re)escrita sobre la marcha. Y pese a todo, Anderson posee el suficiente pulso como para mantener nuestra curiosidad durante más de la mitad del metraje. Por desgracia a medida que avance el metraje decae nuestro interés hasta rozar el hastío. De nada sirven ni las (no tan) veladas denuncias a la brutalidad policial, el racismo, el machismo, la homofobia o el desesperado esfuerzo por resaltar el progresivo empoderamiento de la protagonista femenina. Porque cuando todos sus logros deben ser validados por un hombre o están destinados a gustarle a un adolescente doce años más joven, lejos de suponer un ejercicio de libertad transmite una clamorosa escasez de ideas y un afán desmedido por epatar.

Apenas sorprenden ya las habituales excentricidades narrativas, como la manera elegida por Anderson de mostrar la desconexión de Alana con el mundo de los adultos; sobre todo, hombres que le hablan en un lenguaje ininteligible aunque estos estén encarnados por Bradley Cooper o Sean Penn. Mucho más molesto resulta comprobar la desganada selección musical y la incomprensible decisión de desaprovechar el score de Jonny Greenwood abusando en algunos pasajes de innecesarios subrayados musicales.

Hay media docena de planos memorables y poco más. Un amago de plano secuencia, alguno de los temas recurrentes en la filmografía de Anderson (los niños prodigio), la habitual fotografía preciosista, pero que apenas aporta nada a la narración y un impostado final, con una voz en off regrabada a posteriori, que termina por ponerle la puntilla a este innecesario ejercicio onanista que si de algo sirve es precisamente para demostrar que el verdadero lugar de los recuerdos está en el pasado y que tratar de revivirlos o recrearlos solo sirve para mancillarlos.

Puntuación: 3 de 5.

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