Almas en pena de Inisherin

★★★☆☆

Las guerras sólo traen muerte y pobreza, desolación, desesperanza. Generación tras generación nuestra ‘civilización’ se empeña en tachonar la historia de cadáveres. Sembrar odio y miseria. Abjurar de nuestra presunta humanidad. Vivimos de espaldas al mundo que nos rodea y a sus milagros cotidianos. Y eso tiene sus consecuencias. Así se nos muestra en la secuencia inicial de Almas en pena de Inisherin, una alegórica película repleta de belleza, que de manera inexplicable su director y guionista decide arruinar en el tramo final. De nada sirven los arcoiris, las bellas puestas de sol o esos cielos encapotados sobre una idílica playa cuando se ha perdido el hilo argumental. Enfada, y mucho, como espectador observar la progresiva cuesta abajo que toma una película con todo a su favor para enamorar al público. A saber, notables interpretaciones, fotografía preciosista, soberbia banda sonora, argumento atrayente… hasta que ¡ay! su director, el oscarizado Martin McDonagh (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri) se empeña en ponerse pretencioso y traicionar el espíritu original de este preciosista homenaje a sus orígenes irlandeses. Una carta de amor repleta de referencias a dicha iconografía, como si de una canción tradicional se tratara —y que da título al filme—, pero que en ningún momento llegamos a disfrutar (por incompleta).

Hay mucho de historia universal en la complicada relación que mantienen Pádraic Súilleabháin (Colin Farrel) y Colm Sonny Larry Doherty (Brendan Gleeson), como lo hay de aguda crítica social en ese ecosistema insular de la ficticia Inisherin. Ambientada hace un siglo, pero ejerciendo desde su arranque de molesto recordatorio constante de nuestras miserias, la película es un prodigio narrativo en lo que a presentación de personajes y ambientes se refiere a lo largo de los primeros sesenta minutos.

Apoyada en la soberbia fotografía de Ben Davis, la narración se ve punteada por momentos por el delicado y efectivo score de Carter Burwell (ambos colaboradores habituales del realizador inglés de padres irlandeses). Sin embargo no todo funciona como debería. Nos faltan motivos para comprender el porqué del conflicto. Y no basta pensar que estamos ante un macguffin al uso, puesto que la génesis del desencuentro entre dos buenos amigos vertebra una película que aspira desde sus minutos iniciales a ser mucho más. El duelo interpretativo en que se embarca la pareja protagonista —que repiten con McDonagh catorce años después de Escondidos en Brujas— se salda a favor de Farrel, capaz de dotar de multitud de matices a un personaje nada sencillo, encargado de sostener la historia constantemente. Más allá de las cuitas entre Pádraic y Colm el resto de la galería de personajes que se nos presenta es bastante irregular. Destaca para bien la solidez de Kerry Condon (Siobhan) y para mal la habitual abundancia de tics de Barry Keoghan (Dominic). Hay multitud de estereotipos, que conviven con elementos telúricos bastante conseguidos; al igual que lo está esa suerte de Santa Compaña que encarna la señora McCormick y habría dado mucho más de sí, de haberse atrevido McDonagh a explorar esa vena Joyce que nunca termina de romper en su guion.

La sinrazón de las guerras, la soledad del alma humana, la amistad, el amor. Cuando se abordan asuntos de este calado desde la fina ironía y la crítica social conviene mantener un equilibrio para no caer en lo absurdo o peor incluso, en lo insustancial. Esto es lo que por desgracia le ocurre a la película de Martin McDonagh. Que, sin necesidad de ello, decide inmolarse a mitad de metraje. Esta automutilación argumental no es sólo una caprichosa decisión del cineasta, sino que supone el último clavo en el ataúd de la que podría haber sido una película magnífica, inolvidable, pero en cambio decide abrazar esa misma locura que por momentos critica.

Puntuación: 3 de 5.

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