The Fabelmans

★★★★★

En las navidades de 1982, un niño de diez años salió de casa una tarde de viernes enfundado en su abrigo austriaco camino del cine. Manos en los bolsillos y con el dinero de la entrada apretado en su puñito derecho. La película era E. T. el extraterrestre, el cine era el ya difunto Vistarama y aquel niño, que acudía por primera vez él solo a ver una película y regresó a casa hechizado por lo que acababa de ver en la pantalla grande, era yo. Al echar la vista atrás, cuarenta años después, supongo que hasta bien entrada la adolescencia no fui capaz de comprender que aquella película era una de las más inteligentes recreaciones del peaje emocional que supone para un niño la separación de sus padres. Lo que sí ocurrió a aquella temprana edad fue que mi diminuta ansia cinéfaga se puso manos a la obra para devorar la filmografía de aquel cineasta que había sido capaz de emocionarme hasta el hipo con su imposible historia de amistad interplanetaria. En busca del arca perdida, Encuentros en la tercera fase y Tiburón cayeron en formato VHS, el resto —salvo contadas excepciones— a partir de ahí se convirtieron en (litúrgica) cita obligada ante la pantalla grande.

Atesoro en mi memoria infinidad de detalles relacionados con el cine de Steven Spielberg. Conservo entradas (la de E.T. era color salmón), recuerdo salas, acompañantes y multitud de conversaciones surgidas al calor de sus imágenes. La verdad es que tampoco considero que mi caso sea algo reseñable dentro de mi generación. Cualquier cinéfilo que se precie ha visto al menos una docena de películas de Spielberg y tiene como poco un par de ellas en su altarcito. Lo verdaderamente destacable de este ejercicio de nostalgia cinematográfica que acabas de leer es que viene provocado por el disfrute de su —hasta la fecha— última cinta, una suerte de película autobiográfica titulada Los Fabelman. Un nada sutil juego de palabras que define a la perfección la idiosincrasia del propio cineasta y su familia; al menos la que nos muestra en esta versión cinematográfica —más o menos embellecida por el benévolo paso del tiempo— de sus parientes y sus primeros escarceos detrás de las cámaras.

La película, como no podía ser de otra forma, arranca en la cola de un cine. En concreto, uno en el que se proyecta el 10 de enero de 1952, en Nueva Jersey El mayor espectáculo del mundo. La experiencia iniciática para el pequeño Sam Fabelman marcará su vida. Una existencia dividida entre el influjo artístico de su madre, Mitzi (espléndida Michelle Williams), y la practicidad tecnológica de su padre, Burt (impecable Paul Dano). Rodada con un pulso brillante, la primera hora de película es un absoluto disfrute en lo que a presentación de personajes y recreación de anécdotas —más o menos veraces— se refiere. Tanto el score del maestro John Williams como la pictórica fotografía de Janusz Kaminski acentúan la atmósfera nostálgica que rodea la infancia de Sam y sus hermanas: Natalie, Reggie y la pequeña Lisa. Las relaciones de los niños con el peculiar entorno familiar por el que también se desliza la presencia de la abuela paterna (Jeannie Berlin), el ‘tío’ Bennie (un convincente Seth Rogen) e incluso la episódica a la par que definitoria del tío Boris (inolvidable Judd Hirsch).

Pero si por algo destaca esta película es por la emocionante declaración de amor que Spielberg le hace a su madre. O al menos a la proyección cinematográfica de ella, que aquí se convierte en el verdadero motor del filme. A través del guion que escribe el propio cineasta junto a Tony Kushner (Munich, Lincoln), Spielberg nos muestra algunos de los pasajes más bellos de su filmografía. Secuencias impregnadas de un lirismo tal que las convierte en inolvidables. Hasta el punto de que quien esto escribe no querría que la película terminara nunca. La interpretación de Michelle Williams está, asimismo, repleta de matices conmovedores. Es tanto en esta parte de la relación madre-hijo como en los primeros pinitos del joven Sammy como director de cine en las que se nota que Spielberg ha puesto todo el empeño, indudablemente por toda la carga autobiográfica asociada —y sus concomitancias con el trasunto de E. T.—. Es en este amor por el cine, en esta pasión capaz de hacer descarrilar un mercancías, donde el realizador norteamericano recupera el pulso de antaño. Ese que ya pudimos disfrutar con su aclamada revisión de West Side Story y cuyos ecos aquí se cuelan durante la parte del filme que transcurre en el instituto, en 1964.

Antes, el sagaz espectador habrá podido encontrar una nutrida colección de autorreferencias fílmicas esparcidas a lo largo del metraje. Hay inequívocos homenajes a Encuentros en la tercera fase, La lista de Schindler, Salvar al Soldado Ryan, el joven Indiana Jones y E. T. por citar tan sólo algunos de los easter eggs que recorren la película. Aunque, como todo artista que en un momento determinado de su carrera tiene que enfrentarse a la complicada tarea de elegir entre su sueño y su familia, Spielberg acaba por elegirse a sí mismo o mejor dicho, a su alter ego fílmico. Porque pese a todas las referencias familiares, las anécdotas, los guiños al público y su reverencial homenaje a sus maestros, Spielberg es el verdadero protagonista de su película. Porque él es el verdadero mago capaz de hacernos creer que todo lo que ocurre en este circo de tres pistas es tan real como las imágenes que llenan la pantalla. Y ese es el mayor homenaje posible para Leah y Arnold.

Puntuación: 4.5 de 5.

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