Babylon

★★★★★

A los seres humanos nos encanta contar historias. Forma parte de nuestra naturaleza. Puede incluso que desde antes de que el monolito de Kubrick hiciera acto de presencia nuestros antepasados se reunían frente a la hoguera y recontaban o imaginaban situaciones que les ayudaban a luchar contra el terror a la oscuridad. Los gritos y aullidos en mitad de la noche, los depredadores que acechaban escondidos en la sombras. A lo largo de la historia de la humanidad sólo hemos cambiado el decorado, pero seguimos reuniéndonos a oscuras en torno a un fulgor que nos calienta el alma. El cine nos ayuda a explicarnos y también a entendernos. Nos sitúa en ocasiones ante incómodos espejos que nos deforman y otras nos reconcilia con nuestra propia naturaleza. De ese sempiterno inconformismo que burbujea en la mente creativa de Damien Chazelle nace este lúbrico y desenfrenado homenaje al Hollywood de los locos años 20 titulado —y no por casualidad— Babylon.

Rodada con pulso firme y a un frenético ritmo coreográfico ya desde su escatológico arranque, la película supone la confirmación de Chazelle como realizador excelso en lo formal y obsesivamente meticuloso en lo argumental. Repleta de indisimulados tributos a los títulos y estrellas que fraguaron lo que hoy en día se conoce como la Meca del Cine, Babylon también es el molesto recordatorio de que para regalarnos arte, la bestia se alimenta de almas mortales. Es en sus continuas alegorías donde la película trasciende el plano hagiográfico y se torna incómoda, angustiosa, lacerante. Porque mientras el cineasta norteamericano no escatima en detalles a la hora de mostrarnos los excesos, su cámara sí se vuelve mucho más pudorosa cuando aborda el dolor y la soledad de sus estrellas. Y como buen amante del cine, Chazelle también se muestra reivindicativo. Su apuesta por un reparto multicultural no obedece a intereses lucrativos, sino que en su reparto coral aparecen todos los grupos étnicos que hicieron posible que la industria del cine llegara a cotas inimaginables para el público de la época. Todo ese periodo convulso, el paso del cine mudo al sonoro, la posterior irrupción del color, etc. acompaña el devenir del sexteto protagonista en su ascenso y caída del firmamento estrellado. Desde las mansiones levantadas en lo alto de una inaccesible colina a las sórdidas catacumbas que rivalizan con los dantescos círculos infernales todo lo que vemos es tan real como queramos creer. Esa es la esencia misma del cine.

Pero lo que también vemos junto al fulgor cegador de Jack Conrad (Brad Pitt(, Nellie LaRoy (Margot Robbie), Sidney Palmer (Jovan Adepo) y Lady Fay Zhu (Li Jun Li) son las historias de todos aquellos personajes cuya existencia discurrió en las sombras. Bien por elección propia o porque no tuvieron otra alternativa. El más relevante, junto al del protagonista absoluto de la función, Manny Torres (Diego Calva), es el de la cineasta Ruth Adler (Olivia Hamilton), una de las muchas figuras invisibles para la industria clasista y machista de la época que tiene gracias a este filme una reivindicación que va mucho más allá de lo puramente testimonial.

Babylon es una orgía para los sentidos, un desbordante deleite que encandilará a los amantes del séptimo arte y un continuo toque de atención para la industria que permitió, alentó y ocultó abusos, explotación laboral, muertes y cobijó a depredadores sexuales como Harvey Weinstein (¿no les recuerda a él el personaje de Don Wallach?). Tras emborracharnos a lo largo y ancho de tres horas con esta historia es imposible no pensar que Chazelle se inspiró —además de en decenas, centenares, de filmes clásicos— en la polémica publicación del también cineasta Kenneth Anger, Hollywood Babylon. Una obra proscrita desde su publicación a mediados de los 50’s y en la que se glosaban innumerables escándalos acaecidos en ‘La ciudad de las estrellas’ en el periodo que recoge el film.

Película magníficamente interpretada y rodada. Repleta de planos inolvidables que desprenden una mezcla de poesía y dolorosa melancolía; y por la que se deslizan multitud de metáforas que envuelven animales, los cuales a su vez simbolizan determinados estereotipos sociales. A buen seguro la cinta no ha sentado muy bien en determinadas esferas de la todavía execrable élite hollywoodiense, pero no es descartable que esto también formase parte de las intenciones del cineasta. A destacar, una vez más, la excelente banda sonora de Justin Hurwitz, con no pocos guiños al score que le catapultó a la fama en 2016, así como la fotografía de Linus Sandgren y el vertiginoso montaje de Tom Cross.

Puntuación: 4.5 de 5.

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