Ága

Ága

ÁgaEl pasado septiembre falleció el dibujante francés Jean Laplace, responsable de esas viñetas en las que uno debe encontrar las ocho diferencias. Recuerdo una desde niño en la que un esquimal pescaba a través del agujero que había logrado hacer en la espesa capa de hielo. Mientras veía Ága en Seminci lo he recordado y al encontrarme con continuos mensajes de alerta sobre la pérdida de tradiciones milenarias diseminados por su director a lo largo del metraje, me ha dado por pensar si no estaba yo mismo asistiendo a una de esas viñetas, sólo que ahora con actores de carne y hueso. Metáfora ecologista repleta de subrayados, Ága es el segundo —y puede que último— largometraje del búlgaro Milko Lazarov. La sinopsis oficial del filme resume en apenas tres líneas 80 de los 95 minutos de metraje, lo cual nos da una idea de la parsimoniosa forma de contar esta historia que han elegido tanto el cineasta búlgaro como su productora y montadora, Veselka Kiryakova.

A medio camino entre el documental preciosista y el alegato ‘verde’, la fuerza de las imágenes que rueda Lazarov en la región rusa de Yakutia hace que su mero visionado merezca la pena. Con un reparto integrado por apenas media docena de actores, Lazarov nos adentra en la vida y costumbres de la pareja de esquimales formada por Nanook (Mikhail Approsimov) y Sedna (Feodosia Ivanova), su vida lejos de la civilización y sus relaciones con sus hijos: Chena (Sergey Egorov) y Ága (Galina Tikhonova). En palabras del propio director, Ága narra la historia de «la última familia en la Tierra». La cinta arranca con una mujer interpretando una melodía tradicional con un arpa de mandíbula (khomus), lo cual nos da una idea de que estamos ante una cultura y una sociedad a extinguir. Lazarov se recrea en las tradiciones ancestrales de los esquimales que habitan estos inhóspitos parajes de la tundra. Encuadres que huyen de la regla de los tres tercios para enfatizar la inmensidad nevada, planos fijos por los que transcurre la acción —es un decir—, tanto en bellos parajes como en el interior de su yurta, a un ritmo decididamente lento y sin apenas diálogos. Las escasas conversaciones entre Nanook y Sedna versan sobre fábulas o leyendas en las que la naturaleza ocupa un papel primordial. Este mensaje naturalista se repite de manera constante, algo que se puede entender como una llamada a la acción, más allá del manido recordatorio recurrente e inane. Más interpretativo es el poderoso final en el que «la sabiduría se reencuentra con la esperanza», en palabras del propio director, antes del «apocalíptico» plano aéreo final.

La película fue la primera en proyectarse en los pases de prensa de la sexta jornada de la 63ª Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci), que tuvo lugar en el teatro Calderón. Aplausos al término de la misma, al igual que los que cosechó el excelente cortometraje de animación Agouro (Augurio), de la pareja de realizadores tripeiros David Doutel y Vasco Sá. Uno de los más firmes candidatos a integrar el palmarés de esta edición.

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