Por qué combatimos

Ricardo Lezón - Salamanca

Penúltimo sábado de octubre, la luna llena proyecta formas caprichosas sobre el empedrado de la capital salmantina. Mientras caminamos ajenos al frío, aún arropados por la cálida voz de Ricardo Lezón, es inevitable pensar en lo afortunados que hemos sido. Apenas un menguado batallón suicida. Ajenos al ruido. Arropados por alguna canción. Quizá esta sea la crónica de un milagro, aunque quiero creer que estos accidentes mundanos se deben más a la naturaleza corpórea de la bondad, de la bonhomía, que a la intercesión divina. Quién sabe. Rodeados de tantos templos… Llegaba Ricardo Lezón a Salamanca en su segunda parada de la mini gira castellana que lo llevó la víspera al Gran Café de León. Ancha es Castilla; y León, un reino pensará a estas alturas el getxotarra. Llegaba, decíamos, a un local distinto al anunciado previamente en los carteles y —así lo creíamos— respetando la hora original del concierto. Nada más lejos de la realidad. «¿A qué hora decís que es el concierto?», nos respondió una camarera a la que nos acercamos a preguntar en mitad de un incesante ir y venir de bandejas de camino a la atestada terraza y tratando de hacernos oír entre el barullo del cumpleaños que se estaba celebrando en el interior del recinto. Guirnaldas, adornos, dos globos dorados que recordaban a propios y extraños que alguien celebraba su 50 aniversario y al fondo de este inesperado Saigón, un ojiplático Ricardo Lezón sin poder probar sonido a una hora del presunto inicio del bolo.

Ricardo Lezón - Salamanca

Lo que sucedió entre las ocho y las diez de la noche —hora a la que finalmente empezó el concierto— forma parte del secreto de sumario. Lo que vivimos —disfrutamos— quienes nos congregamos ante aquel escenario, también. O al menos la mayor parte. Es complicado que las palabras alcancen a reflejar la templanza de la que hizo gala Lezón. El respeto biunívoco entre público y músico. El silencio incómodo un minuto antes de empezar, con la gente del cumpleaños ocupando la parte de arriba del local. La calma de (no) estallar con Seré tú abriendo el repertorio. Seré calma y explosión, con esa voz que astilla conciencias. El ruido que hará al caer un silencio universal, sólo interrumpido por un prorrumpir en aplausos al final. Breve saludo. Mirada de soslayo desde el escenario al palco insurgente. Distancia. Un rumor constante. La distancia del lobo. Una batalla ganada sin necesidad de pelearla. 

Tras tomar esa colina, Lezón planta su bandera con Mundaka. Inequívoca declaración de intenciones. Dos cervezas. Ganas de soltar lastre. Comienza la charla con el respetable. Los nudos se desatan y comienza la ascensión. A La cara noroeste le sigue Mi Vietnam y uno sonríe mientras piensa en cómo de frío ha de ser el plato en que se sirven las venganzas con estilo. Después llegan Gracia y Los valientes y ya estamos como en casa. Si una palabra lo define, ésa es magia. Y no conviene revelar el truco, sino disfrutarlo. Los que estábamos callados, expectantes, comenzamos a soltarnos, como los nudos del arranque. Ahí hay gente llegada desde Cáceres, Madrid, León, Valladolid… Comienzan las anécdotas. Ricardo se toma su tiempo. Afina (no sólo la guitarra). Uno descubre que las heridas superficiales se curan mejor con Mercromina. Y que ante un buen libro o un puñado de canciones que te remueven por dentro no hay lugar para el aburrimiento. Reímos. Todo se envuelve en una agradable levedad que nos devuelve esa luz centelleante que proyecta la voz de Lezón. Pese a estar casi en penumbras. Alguien pide Por qué combatimos y el cantante confiesa que le robó el título al noveno episodio de Band Of Brothers. Aquella miniserie basada en la novela de Stephen Ambrose y que en nuestro país se tituló Hermanos de sangre. Y uno vuelve a sonreír.


«Luego lo intento. Cuando ya no importe si me equivoco, si nos equivocamos, al cantarla», concede Lezón. Y la canta. Entera y con paradiña. Y se viene arriba. «Voy a tocar Cerezas, que me encanta, pero siempre me pasa algo». Salvo hoy. Y pese a que esto se acaba, Ricardo ya no canta con los ojos cerrados. Nos mira y hasta pide que le hagamos los coros en Las mareas. Nos duelen las manos de aplaudir. Pero es ese dolor agradable. Como cuando llegas a casa rendido tras un día interminable en compañía de unos amigos y te quitas los zapatos, piensas en todo lo que has vivido y esbozas una sonrisa de satisfacción. Nosotros nos fuimos, pero Ricardo se quedó firmando vinilos y charlando con el resto del batallón. Tú me has visto sonreír. Porque de todos es sabido que quod natura non dat, Salmantica non præstat.

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

A %d blogueros les gusta esto: